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TODO MI SER

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Asegúrate de nombrar como rey a uno de tu mismo pueblo, uno que el Señor tu Dios elija. No aceptes como rey a ningún forastero ni extranjero (Deuteronomio 17: 15).

Algunos países tienen por gobernantes a hombres que se consideran dioses. Cuando un dirigente obliga a su pueblo a prácticamente adorarlo, se desarrolla un culto a la personalidad. Ríos, lagos, cordilleras, montañas, edificios, etcétera, reciben el nombre de esa persona. Han existido muchos cultos a la personalidad en el mundo, pero muy pocos como el que existió en China el siglo pasado.

Tras una guerra civil, en 1950 los miembros del partido comunista liberaron a China del prolongado y brutal gobierno del partido conservador Kuomintang. Casi de inmediato, el pueblo concentró toda su admiración en Mao Zedong, líder de la revolución triunfadora.

El gobierno de Mao decretó estrictas reglas para evitar críticas. La imagen de Zedong adornaba cada edificio de gobierno chino. Cuando ese dominio brutal provocó el suicidio de muchas personas, Mao comentó sin piedad: «¡No intenten salvar a los que quieren suicidarse! [...] En China viven tantas personas, que esas pocas no hacen falta». Las políticas de Zedong provocaron la muerte de cientos de miles, posiblemente millones, de chinos.

Dios entiende a los seres humanos. Sabe que con frecuencia se corrompe una persona que concentra en sí misma mucho poder. El Señor sabía que Israel algún día querría tener un rey, así que estableció reglas que los monarcas deberían seguir. En primer lugar, Dios mismo elegiría al rey. Este no amasaría grandes riquezas ni tendría muchas esposas. De hecho, debería leer y obedecer los mandamientos de Dios, o él y sus descendientes no serían bendecidos con largos períodos de reinado. Estas advertencias tenían el propósito de proteger a la nación israelita del dolor y el sufrimiento que luego, desafortunadamente, experimentó varias veces a causa de gobernadores impíos que la oprimieron.

Cuando Dios elige a un dirigente, escoge personas de carácter, gente que lo escuche y obedezca.

NO DEJES DE LEER

Deuteronomio 16-18

¿No puedes vivir sin revisar tu horóscopo? Mejor lee Deuteronomio 18: 9-12. A Dios no le gusta la astrología.


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