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LOS HOMBRES DE LAS NIEVES

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El rey le dijo: «Acompáñame. Quédate conmigo en Jerusalén, y yo me encargaré de todo lo que necesites» (2 Samuel 19: 33).

 Fue después de una gran tormenta de nieve en el noreste de los Estados Unidos. Cuando sucede algo así, los cuerdos no se atreven a salir de sus casas, a no ser por el puro placer de esquiar por las calles nevadas, descender por las colinas en una tabla de snowboard, o librar un pequeño combate mortal, ¡con bolas de nieve!

Pasar un rato estupendo haciendo locuras es casi la única razón para salir en días con mucha nieve; pero no es necesariamente así para todos. Los «hombres de las nieves», como yo los llamo, no tienen tiempo para hacer ángeles en la nieve o admirar la belleza de un ambiente casi totalmente blanco. No, para estos capitanes del capitalismo, el polvo blanco significa billetes.

Aun antes de que la nieve deje de caer, estos adolescentes caminan con pesadez, como a la deriva, en busca de alguien que necesite quién limpie sus banquetas, calzadas o veredas. Con gusto le darían una afeitada al techo de tu casa si les pagas lo suficiente. Lo sé, pues yo era uno de esos «abominables hombres de las nieves», y no había algo que no hubiéramos hecho para ganar algo de dinero.

Movíamos montañas de nieve, pero solo para quienes nos pagaran. Sin embargo, en aquel entonces yo tenía el corazón dividido. No podía ignorara algún ciudadano de la tercera edad que luchara para limpiar su vereda. Pero muchos chicos los pasaban por alto sin remordimientos. A nadie ayudaban si no había dinero de por medio.

El rey David entendió la importancia de ser amable con los mayores. Barzilay, que no era israelita, ayudó al rey y a sus hombres cuando se vieron forzados a huir de Absalón. Les ofrecieron cobijas y platos, trigo y cebada, harina y granos, frijoles y lentejas, queso y leche, un banquete para el hambriento grupo de David.

Barzilay nada quería a cambio, pero el rey David no olvidó tanta amabilidad. Cuando, luego de la muerte de Absalón, se preparó para regresar a Israel como legítimo monarca, rogó a Barzilay que regresara con él. «Permíteme cuidarte», suplicó David. Barzilay rechazó la oferta. Quería morir en su propio país, cerca de su hogar.

Hay muchas cosas que podemos hacer por los adultos mayores sin pedir algo a cambio. Es bueno ayudara otros, y permitir que Dios te devuelva el favor.

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2 Samuel 19-21

Lee 2 Samuel 19: 18-23. ¿Perdonas tú quienes te hacen daño?


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