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A la hija del faraón, Salomón la trasladó de la Ciudad de David al palacio que le había construido, pues dijo: «Mi esposa no debe vivir en el palacio de David, rey de Israel, porque los lugares donde ha estado el arca del Señor son sagrados» (2 Crónicas 8: 11).

He estado en muchos lugares, pero nunca olvidaré el tiempo que pasé en Punta Cana, República Dominicana. Es un reconocido destino turístico. Ahí van parejas a casarse, de luna de miel ya celebrar aniversarios. (¿Por qué te digo todo esto cuando todavía estás en pleno melodrama escolar? Sigue conmigo. Hay una razón.) Fui a Punta Cana con mi esposa para celebrar nuestro décimo aniversario de bodas. Después de soportarme durante diez años, ella necesitaba un descanso. Pero (siempre surge algún «pero») para ir del aeropuerto a nuestro lujoso centro turístico, tuvimos que conducir a través de muchos pequeños pueblos y aldeas. Ese recorrido fue una experiencia sorprendente y perturbadora. Nuestro conductor era experto en esquivar autos, camionetas, motocicletas, baches y transeúntes serpenteantes. Fue divertido.

Lo inquietante fue cuando vi cómo vivían algunas personas. Estoy seguro de que no se habrían definido a sí mismas como pobres, pero muchas de sus casas eran apenas chozas con techos de paja. De hecho, no toda República Dominicana estaba así, pero vi suficiente como para sentirme culpable de estar en un centro turístico de cinco estrellas cuando había tanta gente necesitada. El hotel mismo estaba lejos de donde vivían los pobres. Estaban en su lugar, y nosotros en el nuestro. Cada quien tenía su propia sección.

Los seres humanos tenemos un talento especial para dividir nuestras vidas en secciones. ¿A qué me refiero? Bien, por ejemplo, decimos que amamos a Dios, pero algunos de nosotros vemos programas de televisión que él jamás vería. Como los de MTV que muestran consumo de tabaco, alcohol y drogas, o promueven el racismo y la violencia. Muchos cristianos lo ven regularmente.

Dividirnos en secciones no es novedad. Así procedió el rey David, ¡y también Salomón! Dios había dicho a los israelitas que no se casaran con personas extranjeras, pero ninguno leyó el memorándum. Salomón sabía que había hecho mal, porque no permitió a su nueva esposa ir a ningún lugar donde el arca del pacto hubiera estado. De modo que acondicionó un lugar en su vida para ella, muy lejos del lugar que había apartado para Dios. Fue una mala decisión. Las esposas paganas de Salomón destruyeron su relación con el Señor.

NO DEJES DE LEER

2 Crónicas 7-9

¿Qué tipo de testimonio das tú? Lee 2 Crónicas 9: 3, 4.


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