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Cuando los eunucos le comunicaron la orden del rey la reina se negó a ir. Esto contrarió mucho al rey, y se enfureció (Ester 1: 12).

Ahora nos meteremos al libro de Ester. Me encanta por muchas razones, y una es el hecho de que, aunque no menciona a Dios, él fue responsable de los acontecimientos.

Como aprendimos en Esdras y Nehemías, un remanente, un grupo pequeño de israelitas, salió de Persia para reconstruir Jerusalén luego de que el rey Ciro los liberara (Esdras 1: 1-4). Sin embargo, muchos israelitas permanecieron en Persia y se dispersaron por otros territorios. El libro de Ester cuenta la historia de una de las duras pruebas por las que pasaron aquellos que se quedaron en Persia.

Jerjes era el rey de Persia en época de Ester. Fue hijo de Darío el Grande, pero a diferencia de su padre, Jerjes era indisciplinado y tenía una fuerte inclinación a escuchar malos consejos. Era un fiestero y no le apenaba presumirlo. El libro empieza con una de las más grandes fiestas de todas las Escrituras, que ofrecía Jerjes. «Durante ciento ochenta días les mostró la enorme riqueza de su reino y la esplendorosa gloria de su majestad» (Ester 1: 4). ¿Sabes de alguien suficientemente rico como para ofrecer una fiesta que dure 180 días seguidos?

El licor fluía como agua. Los invitados se emborrachaban, dormían, se levantaban, y festejaban un poco más. Todos daban palmaditas a Jerjes en la espalda. Hablaban de los «Rolls Royce» que guardaba en la cochera, de las «piedritas» en sus orejas y el platino alrededor de su cuello, Jerjes se «lucía» bastante.

Cuando el rey quedó totalmente borracho, se le ocurrió una idea no muy brillante. «Estos chicos aún no han visto la mejor de mis posesiones», se dijo a sí mismo. «¡Deja que vean a mi reinita!» Jerjes mandó traer a la reina Vasti, su esposa trofeo, «a fin de exhibir su belleza ante los pueblos y sus dignatarios, pues realmente era muy hermosa» (Ester 1: 11). ¡Jerjes disfrutaba exhibirla como si ella hubiera sido una poodle ganadora de premios!

Pero Vasti era mucho más que hermosa. Era una mujer de principios. ¿Cómo lo sabemos? Hizo frente a un rey que, en ese entonces, gobernaba casi el mundo entero, «No -dijo Vasti-. No voy a ir. Está borracho, y los demás también. Quién sabe qué más están haciendo allí. Me niego a que me traten como a un trozo de carne». Eso no está en la Biblia, pero sé que se sintió así.

Vasti se respetaba a sí misma, aunque significara perder la corona.

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