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Es verdad, Señor, que los reyes asirios han asolado todas estas naciones y sus tierras (Isaías 37: 18).

Estuvo fugitiva durante más de 33 años. Ya había escapado cinco veces de la prisión de mujeres de Baldwin, Georgia. Una y otra vez era capturada y en viada a prisión para que terminara de cumplir su condena por robo a mano armada. Pero la sexta vez logró su objetivo. Débora Gavin desapareció, y para siempre. Sucedió en 1974.

Cambió su nombre varias veces antes de conocer a Richard Murphey, con quien se casó y formó un hogar en Frankston, Texas. Tuvo dos hijos y consiguió un empleo en el que trabajó durante varios años, hasta que renunció por motivos de salud. Caray, hasta tuvo su propio negocio.

Imagínate la sorpresa que se llevó cuando la policía federal rodeó su casa para arrestarla, 33 años después de su último escape de la prisión. Le preguntaron a uno de los oficiales que realizó el arresto si ella había dicho algo, a lo que respondió: «Solo dijo que sabía que llegaría este día». El oficial agregó: «Pero no estaba preparada».

La cita con el destino de Débora Gavin ya era una crónica anunciada. Ese día finalmente llegaría, estuviera o no preparada. En la lectura de hoy, el rey Ezequías enfrentaba una situación similar con el destino. Bueno, él no era un fugitivo, pero estoy seguro de que no le faltaron ganas de huir para evitar el terrible enfrentamiento con Senaquerib, rey de Asiria.

El comandante en jefe asirio envió una carta al rey Ezequías, en la que ennumeraba todas las naciones que habían pensado que sus dioses iban a protegerlos del ejército asirio. «Tu dios no es la excepción», afirmó con calma. «¡Los voy a matar a los dos!»

La Biblia dice que cuando Ezequías recibió el mensaje, fue directamente al Templo, presentó la carta al Señor y oró. (Qué alivio, ¿verdad?) Entonces dijo: «Señor, ¿ya viste esta carta? ¡Este tipo te está insultando a ti, el Dios viviente!» (Isaías 37: 17). Ezequías sabía cómo llamar la atención de Dios. Al Señor no le cae bien la gente que lo ningunea a él, o a su gente.

Ezequías aún no lo sabía, pero Dios ya había empezado a solucionar esa situación. Antes de que el rey orara, la respuesta ya estaba en camino.

NO DEJES DE LEER

Isaías 37-39

¿Qué hizo finalmente Dios con Asiria? Isaías 37: 33-38.


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