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SENTIR DOLOR

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¡Qué angustia, qué angustia! ¡Me retuerzo de dolor! Mi corazón se agita. ¡Ay corazón mío! ¡No puedo callarme! Puedo escuchar el toque de trompeta y el grito de guerra (Jeremías 4: 19).

No conozco a alguien que le gusten las inyecciones, pero mi esposa debe ser la persona en este planeta que más fobia le tiene a las agujas. Nunca olvidaré la vez que la acompañé al médico para que se hiciera una revisión general. Después de revisarla por todos lados, el doctor dijo lo que ella no quería escuchar: «Kembra, creo que vamos a tener que hacerte unos análisis de sangre».

En ese momento Kembra me miró como diciendo: «¿Acaba de decir lo que creo que dijo?». Le sonreí de la manera más dulce que pude, pero antes de que el médico pudiera decir otra palabra, Kembra hizo una mueca increíble de terror. Yo sabía que sacarle sangre a mi esposa era como extraer oro de una mina abandonada. ¡Ni de broma!

Cuando la enfermera entró a la habitación para sacarle sangre, mi esposa se agarró fuertemente de la camilla. Tomé su mano para tratar de calmarla, pero fue inútil. Su expresión de furia lo decía todo: «Quítame la mano de encima».

-Señora Esmond, ¿podría extender su brazo izquierdo por favor?-preguntó la enfermera. Pero el brazo no se movió. (¿Para qué preguntó? La respuesta era NO.) La enfermera tomó el brazo de mi esposa y trató de estirárselo. Pues NO.

Finalmente, cuando por fin lo extendió, trataron varias veces de pincharla, hasta que Kembra se calmó y permitió que entrara la aguja. Una vez dentro, parecía que alguien le estaba cortando la cabeza.

Cuando miraba cómo sufría mi pobre y linda esposa, deseé haber podido dar mi sangre por ella. Kembra y yo somos un solo ser, así que sabía cómo se sentía. (Bueno, tal vez no, pero quería tomar su lugar; bueno, ¡realmente no quería!)

Uno de los regalos más especiales que Dios dio a Jeremías fue sensibilidad para sentir el dolor del Señor, cómo sufría cuando el pueblo de Israel pecaba. Jeremías sentía el dolor de Dios más profundamente de lo que yo sentí el de mi esposa. Jeremías sufría cuando Dios sufría, lloraba cuando Dios lloraba.

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Jeremías 4-6

¿Cómo respondió el pueblo de Israel a Jeremías? Jeremías 6: 10. ¿Le has contestado así a Dios alguna vez?


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