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Ciertamente mis ojos ven todas sus acciones; ninguna de ellas me es oculta. Su iniquidad no puede esconderse de mi vista (Jeremías 16: 17).

La siguiente historia fue publicada el 1 de abril de 1993 en la revista Bits and Pieces. Cierto día, una vendedora llamó por teléfono a una casa, y una vocecita susurró:

-¿Hola?

-Hola, ¿cómo te llamas?

La voz baja respondió:

—Jimmy.

-¿Cuántos años tienes, Jimmy?

-Tengo cuatro.

-¡Qué bien! ¿Está tu mamá?

-Sí, pero está ocupada.

-Bueno, ¿está tu papá?

-Sí, pero también está ocupado.

-Ya veo. ¿Hay otra persona ahí?

-Unos policías.

-¿Unos policías? ¿Podría hablar con uno de ellos?

—Están ocupados.

-¿Hay algún otro adulto?

-Sí, los bomberos.

-¿Podría hablar con uno de los bomberos, por favor?

-Es que todos están ocupados.

-Jimmy, hay muchas personas en tu casa, ¿y no puedo hablar con nadie? ¿Pues qué están haciendo?

-Me están buscando a mí.

Hay personas que saben esconderse, ¿verdad? Como seres humanos, podemos esconder muchas cosas para que otros no las encuentren, pero no podemos escondernos de Dios. Los israelitas pensaron que podían esconder sus pecados de Dios. Pensaron que, porque Dios no los castigaba inmediatamente, ya se habían salido con la suya. Sin embargo, a Dios nada se le escapa de lo que hacemos. Entonces debemos portarnos bien, ¿no?

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Jeremías 16-18

¿Qué se promete en Jeremías 17: 5-10 a quienes confían en Dios?


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