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"YO SOY EL SEÑOR"

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Yo soy el Señor Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí? (Jeremías 32: 27).

Mientras hoy leía el capítulo 32, pensé en Feria de Antigüedades, el programa de TV. Tiene ya mucho rato que dejaron de pasarlo en Latinoamérica, pero aquí en Estados Unidos, todavía se transmite.

Ahora bien, hace mucho tiempo, en la Edad de Piedra, cuando la humanidad aún no conocía Internet, la gente veía algo llamado televisor. Había unos programas llamados «familiares»; ya sabes, no tenían crímenes ni sexo ni violencia. Ahora son obsoletos, pero créeme, sí existieron. Feria de Antigüedades es un programa como esos.

¿En qué consiste? El equipo del programa va de una ciudad a otra. En cada lugar, la gente lleva sus antigüedades (entiéndase, ¡CHATARRA!) para que las valoren y les pongan precio. La gente lleva muebles, el bolso favorito de la abuela, mondadores de papas, retratos; bueno, cualquier cosa.

Pero a veces alguien lleva algo de mucho valor. Un hombre estaba a punto de tirar una bolsa de basura de una casa que había comprado, cuando decidió quedarse con un cuadro porque le había parecido bonito. ¡Bien pensado! Para su sorpresa, ese cuadro resultó valer varios miles de dólares. Parecía viejo y sin valor, pero era todo lo contrario.

Jeremías estaba mal, encerrado en un calabozo, Dios decidió ser como el agente inmobiliario de Jeremías, pues no estaba en condición de ayudarse a sí mismo.

-Jere -dijo Dios-, mañana vendrá tu primo Janamel a pedirte que compres. Su tierra en Anatot. Cómprala y guarda las escrituras.

Me imagino que Jeremías pudo haber dicho:

-Pero Señor, estoy algo ocupado tratando de salir de aquí.

No fue así. Al día siguiente, Janamel fue a venderle sus tierras como Dios había dicho. Jeremías firmó las escrituras, ordenó que se guardaran en un lugar seguro, y esperó.

Tienes que entender una cosa. Dios había dicho a Jeremías que el rey Nabucodonosor destruiría Jerusalén y todo lo que estuviera a la vista, pero que no se preocupara por eso. El hecho de que Jeremías tuviera en su poder esas escrituras era una promesa divina de que algún día el profeta regresaría a esa tierra. Que Dios la restauraría, y traería salud y prosperidad a su pueblo.

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Jeremías 31-33

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