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¡QUÉ BUENO!

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Así dice el Señor omnipotente: «Por cuanto ustedes los amonitas aplaudieron y saltaron de alegría, y maliciosamente se rieron de Israel» (Ezequiel 25: 6).

¿Disfrutas ver a tus enemigos morder el polvo, pasar desgracias o romperse una pierna? Confiesa. Dios escucha tu respuesta. Tengo que admitir que yo sí. Hay ciertas personas en el planeta tierra que deberían hacernos el favor de desaparecer. Diría que casi todos hemos albergado estos malos sentimientos en algún momento, aun personas que, como nosotros, saben que es incorrecto.

Un periodista entrevistaba a un hombre que cumplía cien años de vida.

-¿Qué es lo que más le enorgullece?

-Bueno -dijo el hombre-, no tengo ningún enemigo en el mundo.

-Qué lindo pensamiento, es algo digno de inspirar -dijo el entrevistador.

-Así es -añadió el hombre-. Ya todos se murieron.

Antes de celebrar la muerte de nuestro archienemigo, pensemos profundamente en esto. Dios no estaba contento con el comportamiento de los amonitas cuando celebraron la caída de Jerusalén. Aunque el Señor haya sido el que causara la destrucción de Judá, todavía los amaba y no quería que nadie celebrara sobre sus tumbas.

«Yo voy a extender mi mano contra ustedes y los entregaré a las naciones como despojo. Los arrancaré de entre los pueblos, y los destruiré por completo. Entonces sabrán que yo soy el Señor» (Ezequiel 25: 7). Esto fue la culminación de la gran rivalidad entre los israelitas y los amonitas. El conflicto empezó mucho tiempo antes, durante la época de los jueces, con Jefté (Jueces 10: 6 - 11: 33), y continuó con el imperio de Saúl (1 Samuel 11: 1-11), de David (1 Crónicas 19: 1-20; 3) y Josafat (2 Crónicas 20: 1-23).

Cuando el rey Nabucodonosor atacó Judá en vez de Amón, los amonitas se relamieron y gritaron: «¡Qué bueno!», felices de la desgracia de sus enemigos. Por ese grito de alegría, Dios decidió castigarlos.

Nunca celebres la derrota o caída de otras personas. A lo mejor te toca a ti después.

NO DEJES DE LEER

Ezequiel 25-27

Lee Ezequiel 26: 12, 14. Esta profecía la cumplió Alejandro Magno, que destruyó completamente la isla de Tiro, que hasta el día de hoy no se ha recuperado totalmente.


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