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UN CORAZÓN QUEBRANTADO

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Cuando encontré a Israel, fue como hallar uvas en el desierto. Cuando vi a sus antepasados, fue como ver higos tiernos en la higuera. Pero ellos se fueron a Baal Peor y se entregaron a la vergüenza. Se volvieron tan detestables como el objeto de su amor (Oseas 9: 10).

Quiero pensar que en algún momento se amaron. La mayoría de las personas se casan por amor, sin pensar en el divorcio. Sin embargo, algo malo, de lo peor, tuvo que haber pasado en esa relación. Si no, ¿qué otra razón pudo tener una madre de veinte años y con dos hijos, para suicidarse?

«Te amo, querido», escribió Anne Mary Aruldas a su esposo, que llevaba mucho tiempo sin trabajo. La policía encontró el cuerpo de Anne colgado de la reja de una ventana con una soga atada a su cuello. Junto a ella estaba su nota escrita a mano.

Anne Mary escribió cuánto adoraba a su esposo y a sus dos hijos, que eran el centro de su vida. De no ser por cierto renglón, cualquiera hubiera pensado que era una carta de amor para su esposo. Sin embargo, no lo era.

Poco antes de que se despidiera del hombre que amaba, Anne Mary escribió: «Ahora podrás salir de juerga hasta la madrugada sin que nadie te detenga». En este breve renglón dijo todo lo que había en su corazón: La frustración de una joven esposa cuyo marido había comenzado a abandonarla.

En Oseas 9: 10 encontramos el momento en el cual Dios e Israel cruzaron miradas por primera vez. El Señor dijo que haber encontrado a Israel, la nación que salvara de la esclavitud de Egipto, fue como encontrar un suculento y delicioso racimo de uvas en el desierto. Si alguna vez tuvieras la oportunidad de ir al desierto de Atacama, en Sudamérica, o al Sahara, en el norte de África, las uvas serían lo último que pasaría por tu mente; si llegaras a ver algo de color verde por allí sería un milagro.

La estrecha relación que Dios tenía con Israel no duró mucho tiempo. Poco después de que los israelitas entraran en la Tierra Prometida, siguieron a Baal, el dios de los madianitas, en un lugar llamado Peor. Más de 700 años después, cuando Israel fue al cautiverio, Dios todavía recordaba el incidente. Israel no se había arrepentido y eso quebrantó el corazón de Dios.

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Oseas 7-10

Nota cómo mientras la prosperidad de Israel aumentaba, su relación con Dios disminuía (Oseas 10: 1). ¿Crees que esto debió ser así?


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