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«Pero ahora yo vengo contra ti -afirma el Señor omnipotente-. Reduciré a cenizas tus carros de guerra y mataré a filo de espada a tus leoncillos. Pondré fin en el país a tus rapiñas, y no volverá a oírse la voz de tus mensajeros» (Nahúm 2: 13).

Tyson, el viejo boxeador del que todo mundo se burla. No, este chico era nuestro Tyson, cuando Tyson era Tyson. (Sí, yo sé, ya te confundí.)

El Tyson al que me refiero iba a la academia Pine Forge en Pensilvania, al final de la década de 1980. Yo estudiaba allí. Él era inmenso. Tenía los bíceps más grandes y sus piernas parecían troncos; además tenía mal carácter. Algunos chicos lo molestaban sin mala intención, pero a otros se les ocurría la locura de pelear con él. Mi amigo Gary fue uno de estos locos.

-Oye, ¿qué te pasó? -le grité al verlo casi desmayarse.

-Hombre, acabo de boxear con Tyson. ¡Es un animal! Casi me mata.

A Gary nadie lo asustaba, pero su valentía casi lo mató. Yo boxeaba un poco en esa época, y era muy bueno. Estaba en mi peso ideal. Claro, solamente practicaba con mis amigos flacuchos. Tyson se enteró de que yo boxeaba y un día me retó.

-Dwain, vamos a enfrentarnos tú y yo.

Así se probaba Tyson a sí mismo. Yo quería ser valiente, pero no me atreví a boxear con Tyson; había visto lo que le hizo a Gary y no estaba dispuesto a terminar igual. Así terminó mi carrera de boxeo. (Por eso escribo este libro. Lo del boxeo no me sirvió.)

No importa cuán grande o fuerte creas que eres, siempre hay alguien más grande, más fuerte y más loco que tú. Así como yo me di cuenta de esto, Asiria también. Durante el siglo VIII a. C., el Imperio Asirio era el peor de los abusivos del barrio. Era conocido por su peculiar manera de torturar a sus enemigos. Leímos que Dios ordenó a Jonás que fuera a Nínive, la capital de Asiria, para llamarla al arrepentimiento. Los ninivitas le hicieron caso por cierto tiempo, pero luego regresaron a sus viejas costumbres.

Cien años después, Dios envió a Nahúm a dar el peor de los mensajes: «Ahora yo vengo contra ti». Voy a pelear contigo y cuando acabe no quedará ni tu sombra.

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Nahúm

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