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¡YA MADURA!

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Así dice el Señor Todopoderoso: «¡Cobren ánimo, ustedes, los que en estos días han escuchado las palabras de los profetas, mientras se echan los cimientos para la reconstrucción del templo del Señor Todopoderoso!» (Zacarías 8: 9).

Las águilas son increíbles. Pueden ver a otra águila a 64 kilómetros de distancia. Vuelan a 3000 metros de altura. Pueden alcanzar velocidades de vuelo de hasta 70 kilómetros por hora, y cuando vuelan en picada para atrapar un pez o un conejo desprevenido, alcanzan una velocidad de entre 120 y 160 kilómetros por hora. Toman sus presas con sus filosas garras, cada una de las cuales ejerce una presión de más o menos 70 kilogramos por centímetro cuadrado. Cuando apresan algo, no lo sueltan.

Las águilas tienen otro as debajo de la manga, y me maravilla. Las mamás águilas cuidan muy bien a sus polluelos. Salen, cazan y les llevan comida. Los protegen con sus vidas de otros depredadores alados. Pero cuando los polluelos crecen, la madre hace algo cruel. Toma al mayor y lo empuja fuera del nido. (Si yo fuera un aguilucho, lo consideraría un intento de asesinato.)

A medida que el aguilucho se precipita hacia la tierra, la madre se lanza en picada fuera del nido, mirándolo cuidadosamente. Si el joven águila no puede volar, la mamá lo toma justo en el aire y lo lleva de regreso al nido. (Oye, ¿y si la madre falla? ¿Y si coordina mal y falla por una pluma? ¡El aguilucho muerde el polvo!) Los papás águilas también ayudan en el rescate.

Dios es como una madre águila. Algunas veces tiene que darnos un empujón para que podamos volar. Lo hizo con los exiliados que regresaron de Babilonia. El pueblo había construido exitosamente los cimientos del Templo, pero se distrajo y abandonó la construcción. Dios no veía su interés.

Es más, Hageo y Zacarías habían maravillado a los judíos con las promesas de las bendiciones asombrosas que recibirían una vez que terminaran el templo. Escucharon y escucharon y volvieron a escuchar. Pero no actuaron.

Finalmente Dios les dijo: «Basta de escuchar. ¡Pónganse a trabajar!». Fue un duro despertar, pero necesitaban el empujón. Todos lo necesitamos alguna vez.

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Zacarías 7-10

¿Por qué a la gente le es tan fácil confiar en cualquier cosa, menos en Dios? Zacarías 10: 2.


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