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SÍ QUIERO

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Jesús extendió la mano y tocó al hombre. «Sí quiero -le dijo- ¡Queda limpio!» Y al instante quedó sano de la lepra (Mateo 8: 3).

Al leer el libro de Mateo, no puedo evitar preguntarme cómo habrá sido ver a Jesús en acción. Imagínate haber estado ahí cuando Jesús dijo: «No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar» (Mateo 6: 19, 20). Con este breve consejo, Jesús trató de ahorrar a sus oyentes pena y decepción. Muchos de ellos trataban de ganar tanto dinero como pudieran.

Cristo dio consejos poderosos, pero nada conmovía tanto a la gente como ver al Maestro sanara los enfermos, especialmente los leprosos. En los tiempos de Jesús, la lepra era como el sida hoy. Los leprosos eran puestos en cuarentena y se los trataba con desprecio. Dios mismo había dado las instrucciones que los leprosos debían seguir.

«La persona que contraiga una infección se vestirá de harapos y no se peinará; con el rostro semicubierto irá gritando: “¡Impuro! ¡Impuro!", y será impuro todo el tiempo que le dure la enfermedad. Es impuro, así que deberá vivir aislado y fuera del campamento» (Levítico 13: 45, 46). ¿A quién le hubiera gustado vivir así?

El leproso que se acercó a Jesús (Mateo 8) se arriesgó mucho. La lepra es una enfermedad muy fea, daña los nervios sensoriales, y esto hace que el enfermo se lastime sin darse cuenta. Estas lesiones, generalmente en las manos y los pies, causan llagas que se infectan. La infección viaja a través del cuerpo, agravando la enfermedad. Los leprosos pueden llegar a perder dedos de las manos y los pies.

¿Puedes imaginar a la multitud que rodeaba a Jesús tapándose la nariz y huyendo del espantoso leproso? El hombre vio esto, pero nada podía detenerlo. Era su momento con Jesús.

-Señor, ¿quisieras limpiarme? -exclamó. Entonces Jesús se acercó y tocó su cuerpo herido. En ese preciso momento el leproso se dio cuenta de que Jesús era diferente. Lo aceptaba como era.

-Sí quiero limpiarte -le dijo Jesús con una sonrisa-. ¡Listo! ¡Quedas limpio!

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