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TU PEOR DÍA

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Comenzó a echarse maldiciones, y les juró: «¡A ese hombre ni lo conozco!». En ese instante cantó un gallo (Mateo 26: 74).

¿Has notado alguna vez que el ambiente se pone mejor cuando llega cierta persona? No tiene que ser la mejor vestida o la más popular; se le conoce más por lo que tiene en su interior que por lo que muestra en el exterior. ¿Conoces a alguien así? Yo sí.

El 9 de junio de 2008, periódicos y estaciones de televisión de todo Estados Unidos reportaron la historia de un héroe llamado Roger Stone. Marinero experto, era oficial de seguridad en un bote que participaba en una regata en el golfo de México. Cuando el bote comenzó a hundirse, Stone supo que tenía poco tiempo para sacar a cuatro aprendices.

Stone se aseguró que los muchachos se pusieran los chalecos salvavidas e hizo todo para ayudarlos a sobrevivir hasta que los pudieran rescatar. Hizo todo lo que estuvo a su alcance por los aprendices; después de flotar durante 26 horas en el golfo de México, los encontraron con vida, junto con otro oficial. Sin embargo, el cuerpo sin vida de Stone se hundió junto con el bote.

Roger Stone era de los que ayudan a cualquier persona necesitada, y ese don le costó la vida. Su presencia hizo de este mundo un mejor lugar. ¿Cómo? Poseía el don divino de pensar en otros antes que en él mismo, el donde ser una bendición por el simple hecho de existir. Cada uno de nosotros tiene este don, pero solo unos cuantos lo usan.

Cuando recuerdo esta asombrosa historia no puedo dejar de pensar en Pedro, el discípulo charlatán que tuvo Jesús. Pedro era el primero que hablaba antes que los demás discípulos pudieran abrir la boca. Fue el discípulo audaz que salió de la barca en medio de la noche para caminar hacia donde estaba Jesús (Mateo 14: 28). Pedro nunca pensó que alguna vez negaría a su Maestro, pero así fue.

Jesús sabía que Pedro tenía un punto débil; era muy presuntuoso, se sentía muy seguro de sí mismo. Sabía que bajo una fuerte presión, se derrumbaría y lo negaría, y no solamente una o dos veces, sino hasta tres. Pero también sabía lo que había en el corazón de Pedro, y lo bueno que llegaría a ser para la causa.

Jesús conoce nuestras debilidades y nuestros corazones. Por eso debemos entregarnos completamente a él.

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