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Él se levantó, tomó su camilla en seguida y salió caminando a la vista de todos. Ellos se quedaron asombrados y comenzaron a alabar a Dios, «Jamás habíamos visto cosa igual», decían (Marcos 2: 12).

Mi esposa es impaciente. Claro, ella piensa que no; la gente impaciente nunca piensa que lo es.

Este es un ejemplo:

Un día habíamos quedado en reunirnos con alguien en nuestra casa, así que saldríamos del trabajo e iríamos rápidamente a la casa para asegurarnos de que estaríamos ahí, esperando. Conduje hasta el trabajo de mi esposa, la recogí y nos dirigimos a la casa. Llegamos cinco minutos antes de la hora prevista. Pude ver su enfado por tener que esperar tranquilamente cinco minutos.

Platiqué con ella para calmarla, pero un acontecimiento inesperado arruinó mi plan. La persona que esperábamos se retrasó y ni siquiera se había molestado en llamar.

-¿Dónde está, Dwain? -me dijo ella suavemente. Ya habíamos discutido antes sobre su impaciencia; sabía que esa «suavidad» apenas era el preámbulo. ¡Unos minutos más de espera seguramente acabarían en toda una «explosión»!

-No lo sé, amor, dijo que llegaría a las seis. Probablemente se retrasó por el tránsito.

-¡Ay! -suspiró-. Esta espera me está matando.

Tengo que reconocer que luego se tranquilizó. Hablamos durante otros 30 minutos más o menos, y entonces nuestro amigo apareció. Justo cuando pensé que mi esposa había olvidado la espera, se le ocurrió decir:

-Vaya hora de llegar.

Si eres como mi esposa, entonces te va a encantar el libro de Marcos. Es uno de los más geniales de la Biblia. Se debe a que Juan Marcos, su autor, quería mostrar que Jesús podía ayudarnos en cualquier crisis que tuviéramos en la vida, al instante. Esta es la idea principal.

Aunque Marcos no fue uno de los discípulos originales de Jesús, fue amigo cercano de Pedro. Escribió su libro cuando el emperador romano Nerón trataba de aniquilar a los cristianos (60-65 d.C.) Fue durante ese período que Pedro y Pablo fueron ejecutados. A pesar de estar bajo una amenaza constante de muerte, Marcos siguió pensando que Jesús podía hacerlo imposible, al instante.

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Marcos 1-3

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