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LA ORACIÓN DE UN PECADOR

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Les digo que este, y no aquel, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18: 14).

La lectura de hoy es realmente muy especial. Me emociona tanto que en verdad no sé por dónde empezar. ¿Debería escribir sobre el administrador astuto que Jesús alabó en Lucas 16? Ya sé que suena raro, pero Jesús dijo a sus seguidores que pusieran atención en cómo la gente del mundo usa sus conocimientos para estafar (Lucas 16: 8). ¿Qué quiso decir? Que así como estos sinvergüenzas usan su ingenio y sus agallas para hacer el trabajo de Satanás, nosotros deberíamos usar nuestro ingenio y valor para hacer la obra de Dios.

¿Qué se puede decir del leproso que regresó a agradecerle a Jesús por haberlo sanado? (Lucas 17: 15, 16). Jesús había sanado a diez leprosos, pero solamente uno de ellos se molestó en dar las gracias, y era samaritano. Jesús era judío. En esa época los judíos y los samaritanos eran como dos pandillas rivales de nuestros días. No podían verse ni en pintura. El samaritano quedó tan sorprendido de que un judío se detuviera a ayudar a un samaritano, especialmente un leproso, que se arrojó a los pies de Jesús y le agradeció (vers. 16). ¿No te encanta? ¡Es increíble!

Pero me entusiasma una pequeña parábola que Jesús contó sobre dos hombres que fueron a orar al templo. Uno era fariseo y el otro recolector de impuestos. La gente odiaba a los recaudadores de impuestos porque trabajaban para el cruel gobierno romano que representaba Herodes. Además cobraban de más para sacar dinero extra de su propio pueblo.

El fariseo comenzó a orar, y su oración te cuenta toda su vida: «¡Oh, Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, malhechores, adúlteros!». Bueno, eso más o menos lo entiendo, pero luego añadió esta pequeña frase: «Ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo». (Oye, como que lanzó una pedrada, ¿no?)

El recolector de impuestos sabía que su vida era un desastre y necesitaba ayuda urgentemente. Ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!».

¿Quién crees que salió salvo de la sinagoga en ese día?

NO DEJES DE LEER

Lucas 16-18

¿Qué ejemplo das a los otros niños? Lucas 17: 1, 2.


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