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LA LEY Y EL ORDEN

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Descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, me acompaña el mal (Romanos 7: 21).

¿Conoces la noticia del tontito de Colorado Springs, Colorado, que decidió asaltar una licorería a punta de pistola? El delincuente pidió al cajero que pusiera todo el dinero en una bolsa. Después de inspeccionar un poco, el sinvergüenza vio una botella de vhiskey en un estante detrás del mostrador.

-Pon esa botella en la bolsa también -le indicó al cajero. Este se rehusó.

-No, porque no creo que seas mayor de edad.

El delincuente protestó, pero el vendedor permaneció serio. Finalmente, aquel sinvergüenza sacó su licencia de conducir y la entregó al cajero. Este la vio, se la devolvió y puso la botella en la bolsa. Después de que el asaltante salió de la tienda, el vendedor llamó a la policía y le dio una descripción completa del sujeto: su nombre, dirección, altura, peso y hasta el color de sus ojos.

Oye, hasta los delincuentes tontos como el que fue a la licorería saben que es ilegal robar con una pistola. Aun así, saberlo no impide que algunas personas intenten cometer diariamente ese delito u otro en cualquier parte del mundo. ¿La ley está mal, o son malos quienes quebrantan la ley? El problema son los seres humanos, por supuesto. A esto se refiere Pablo en Romanos 7, al problema de nuestra profunda naturaleza pecaminosa. Esta es su descripción de la batalla:

Soy consciente de que, en lo que respecta a mis desordenados apetitos, no es el bien lo que prevalece en mí; y es que, estando a mi alcance quererlo bueno, me resulta imposible realizarlo. Quisiera hacer el bien que deseo y, sin embargo, hago el mal que detesto. Ahora bien, si hago lo que detesto, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que se ha apoderado de mí (Romanos 7: 18-20, La Palabra).

¿Tenemos alguna esperanza de ganar la batalla contra el pecado? ¡Pablo dice que sí!

Por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado (Romanos 8: 2, 3).

NO DEJES DE LEER

Romanos 7-9

Quien vive en Cristo supera todos los pecados (Romanos 8: 28-32. ¡Créetelo!


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