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Infierno en Pensilvania

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Si tu mano te hace caer en pecado, córtatela; es mejor que entres manco en la vida, y no que con las dos manos vayas a parar al infierno, donde el fuego no se puede apagar, S. Marcos 9: 43.

Durante mucho tiempo los residentes de Centralia, Pensilvania, Estados Unidos, tuvieron miedo, debido al incendio que no se apaga debajo de la ciudad. El fuego comenzó en un basurero cerca de la fosa de una mina de carbón abandonada en 1962. Desde entonces hay un incendio subterráneo en Centralia. Todos los intentos por sofocarlo han sido inútiles (el 12 de febrero hablaremos de los árboles enterrados y los depósitos de carbón del diluvio). Esa mina tiene muchísimo carbón para arder; nadie sabe a ciencia cierta hasta dónde llega el incendio. Se piensa que abarca una superficie de hasta trece kilómetros cuadrados.

El 2 de mayo de 1969 se fueron las primeras familias de Centralia, y el gobierno del país compró la mayoría de las propiedades para ayudar a los habitantes. En abril de 1979, quedaban 44 valientes en el lugar. Hoy es un sitio abandonado, un pueblo fantasma.

El 14 de febrero de 1982, un niño de doce años corría por el jardín de su abuela cuando se abrió un pozo de 45 metros de profundidad bajo sus pies. El niño cayó dentro; por fortuna, un árbol lo detuvo y así lograron rescatarlo. Se calcula que la temperatura del carbón ardiente alcanza 537.8 grados. Ningún sistema hidráulico es tan potente como para apagar semejante calor, así que sigue ardiendo.

Dios nos habló de un infierno que tendrá un fuego muy intenso. No será el infierno del que la gente habla hoy, un fuego que arderá eternamente. Al final del milenio en el cielo, cuando los malvados sean destruidos en la tierra, el fuego será tan caliente que quienes hayan rechazado el amor de Dios quedarán hechos cenizas con rapidez.

Dios nos ha dado la oportunidad de escapar a ese fuego. Nos dijo que si somos fieles, nos dará una corona de gloria y estar él en el cielo. Ora para que así sea en tu vida hoy.


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