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Perú, tierra de contrastes

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Les digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a comer con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, S. Mateo 8: 11.

A unos cuantos kilómetros de la costa de Perú, un viajero se topa con la cordillera de los Andes. Los caminos son sinuosos y estrechos, y la mayoría de la gente que vive en los pequeños pueblos, son indígenas. Te aseguro que es muy hospitalaria. No hay hoteles ni restaurantes, así que comes y duermes con los lugareños. La mayoría pertenecen a los aimaras y los quechuas. Comen sus ovejas, ovillan su propia lana y tejen sus propias mantas. Como en sus hogares no hay calefacción, más que las estufas de cocina, se cubren con ocho o hasta diez mantas en la noche; son tan pesadas que apenas puedes moverte. Su dieta consiste principalmente de carne, arroz, frijoles y papas. Comen algunos vegetales adicionales y crían pollos, llamas y algunas reses.

Del lado oriental de los Andes está una extensa selva. Ahí hay muchos pueblos, y sus habitantes representan a más de 100 diferentes etnias indígenas. Muchos de ellos viven gracias a sus pequeñas chacras, áreas despejadas en las que plantan sus jardines. Cazan y pescan, además de trabajar en sus chacras. Muchos de los indígenas que viven en la selva dan fruta, granos y vegetales como diezmos y ofrendas en la iglesia, pues no tienen dinero. Son gente feliz y satisfecha, que el materialismo de este mundo no ha echado a perder.

Aunque hay tres mundos separados en el hermoso Perú, el desierto, los Andes y la selva, cuando los miembros de iglesia asisten a las reuniones generales, llegan en armonía. Todos pertenecen a la familia de Dios en la tierra y ese hecho los alegra. Aunque los miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día estamos dispersos por todo el mundo, somos una parte importante de la familia de Dios, sin importar nuestro color de piel o de dónde somos. Agradece a Dios por su familia hoy.


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