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Consagración

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¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne, ha dicho Jehová; pero a ti te daré tu vida por botín en todos los lugares adonde fueres. Jeremías 45:5.

Si te ofrecieran riqueza y poder a cambio de la vida eterna, ¿qué elegirías? Hace mucho tiempo, un joven soñaba con grandezas en tiempos de guerra, y Dios le habló. Su nombre fue Baruc, y esta es su historia:

Baruc, cuyo nombre significa “bendito", era el secretario de Jeremías, pero un día se cansó y se quejó.

Por el año 605 a.C., Baruc escribió las profecías de su señor, y estando Jeremías preso, las leyó al pueblo y ante algunos príncipes. Los cortesanos llevaron el libro al rey Joacim, a quien no le gustó el contenido: los caldeos arrasarían Jerusalén. Rasgó el rollo y lo echó al fuego. Baruc volvió a escribir los mensajes (Jer. 36), y siguió a Jeremías.

Tal como Jeremías, Baruc sufrió la calumnia, la violencia y el destierro (Jer. 43:1-6), hasta que un día exhaló su queja. La juventud se le escurría y no había logrado nada. Bueno, eso pensaba él, pero Baruc estaba escribiendo una crónica que lo inmortalizaría: una porción de la Palabra de Dios.

Baruc cifraba la felicidad en lo que le faltaba, no en lo que tenía. Repasaba sus carencias. Su linaje era distinguido, pero él se sentía un segundón; su familia era rica, y él seguía a un hombre sin casa, sin mujer ni amigos. El mismo Jeremías, por mandato de Dios, había comprado una parcela (Jer. 32:1-16), pero él solo era dueño de su cama. Se consideraba un perdedor, y así lo veían todos. La gente no perdona eso. Quiere ver grandeza, y Baruc la apeteció también. Dios le respondió con una reprensión y una promesa: La reprensión decía: “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques; porque he aquí que yo traigo mal sobre toda carne” (Jer. 45:5). Si la reprensión fue oportuna, la promesa fue mejor. Dios le garantizó lo único importante: “Te daré tu vida por botín”.

Cuando cayó Jerusalén, aquellos que sacrificaron sus valores en aras de la grandeza mundanal lo perdieron todo; en cambio, el “pobre” Baruc entraba y salía de Jerusalén protegido por Dios.

Tal vez Baruc sea tu espejo. Tal vez le sirves a Dios y crees que no has logrado nada. Pero, así como a Baruc, Dios te garantiza hoy dos bendiciones. Promete su compañía en esta vida: “Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mat. 28:20); y la seguridad de la vida eterna: “Te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10).