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El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Marcos 10:45.

¿Has contemplado alguna vez la grandeza de los héroes que han hecho de este mundo un lugar mejor para vivir? Todos tuvieron el bien como ideal y se esforzaron por alcanzarlo. Pero hay uno que destaca sobre todos, Cristo, en quien se juntaron todas las virtudes.

La belleza moral de Cristo destaca sobre un fondo de sencillez. Fue grande porque no ambicionó grandezas. Solo le interesaba el bien de la gente. Si había hambre, él multiplicaba el pan. Si había enfermos, él los sanaba. Si la tormenta amenazaba la barca, él la reprendía. Si un muerto era llevado al cementerio, él lo despertaba.

Jesús no tenía prejuicios. Ayudaba a los romanos que le pedían un favor, aunque Roma sojuzgara a su pueblo. Se acercaba a los samaritanos, aunque ellos odiaran a los judíos. Atendía a las mujeres y a los niños menospreciados por los hombres.

Así anduvo, sembrando favores y segando alabanzas. Un día entregó la vida sin quejas ni reproches. Ese día, lo peor del hombre y lo mejor de Dios se encontraron en el Calvario. Ahí estaban, a la vista del universo: el hombre matando a Dios, Dios muriendo por el hombre. Y se consumó el acto redentor.

Nuestra vileza fue contrastada con su gloria: “Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:33, 34). Sus amigos lloraron su suerte, pero sobre todo la de ellos: “Nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel” (Luc. 24:21).

Jesús nos sorprende y nos reprende con su ética piadosa. Vivió amando y así murió. Estábamos solos ante el secuestrador diabólico y él vino a rescatarnos. Nos consumían las enfermedades y él se acercó a nuestro lecho. El hambre nos mordía las entrañas y él proveyó el pan.

En la remota eternidad Jesús supo que necesitaríamos a un Justo que muriera en nuestro lugar para eludir el castigo del juicio final (Apoc. 13:8), y vino al mundo, llevó la cruz, y dio la vida por todos. “Cristo murió por nuestros pecados” (1 Cor. 15:3). Por eso merece nuestras rodillas. Se lo ha ganado.


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