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No tienen vino. Juan 2:3.

Estas tres palabras mueven la mano omnipotente en Caná, y el Señor, a U pesar de que no va a iniciar su ministerio en Galilea, convierte el agua en vino. No lo hace solo porque María se lo haya pedido, sino porque le duele la necesidad humana.

“No tienen", son dos palabras que preocupan a Dios. Desde el Santuario celestial contempla a los hombres necesitados de todo. Son tan débiles que deben comer tres veces al día. Son tan frágiles que deben vivir bajo techo y siempre cubiertos de ropa. Tan pobres son que tienen que trabajar toda la vida para mantenerse. Aun los ricos no llevan al sepulcro más que la mortaja. Tan efímeros son que una tortuga vive más que ellos; tan desorganizados que las hormigas les dan cátedra; tan incapaces que hasta un pato los aventaja: puede andar en agua, tierra y aire.

“No tienen” es la etiqueta de los hombres de barro y aire. No tienen más que necesidades. No tienen más que carencias. No tienen más que falencias. No tienen más que miserias. No tienen más que maldad. No tienen más que remordimiento. No tienen más que vergüenza. Están desnudos. Viven entre espinos, comiendo frutos prohibidos desde el Edén, refugiándose entre el follaje de la higuera de la excusa y la racionalización.

Por eso el Hijo de Dios vino al mundo como Satisfactor. Acampo junto al hombre y lo sirvió con sus dones: amor, libertad, dignidad, sentido de realización, empatía. Vio al hombre necesitado de vida eterna y dio la vida por él, pues ese era precisamente el satisfactor de tal necesidad.

Satisfactor de toda necesidad genuina, Jesús anhela vivir muy cerca de nosotros, tan cerca como dentro de nuestras neuronas. Nuestro corazón ha de palpitar al ritmo del suyo. Nuestros pies han de andar en sus huellas, nuestra vista ha de posarse en su rostro cubierto de sangre. Solo así podremos tener todas las cosas que valen la pena: su justicia, su carácter, su piedad.