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Madurez

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No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mateo 6:31, 32.

Nuestro mundo está en crisis. Desde que el pecado nos contaminó, las crisis I han sido las mismas, porque el demonio no es muy ingenioso, y, ¿por qué habría de cambiar sus estrategias si siempre le han dado resultado? Pero ahora todas esas crisis se han agudizado, porque el pecado goza de promoción global. Además, a mayor población, más pecado. Por eso estamos al borde del colapso.

El crimen y la volatilidad financiera, el tráfico de sustancias prohibidas, de armas, animales, personas y órganos; los deportes crueles; la manipulación genética de seres humanos, animales y plantas; las guerras sin reglas y el terrorismo; la aprobación de cualquier forma de relación sexual; el secularismo y el espiritismo; el incremento de desastres por causas naturales; la escasez de recursos alimentarios; la xenofobia, el racismo y la misoginia, nos tienen al borde del abismo.

Ante este panorama, la gente inmadura se comporta de cualquiera de estas dos maneras: atacando o huyendo. Los que atacan lo hacen porque son malvados, y al advertir la escasez y el deterioro de los recursos básicos pelean por el agua y los alimentos, los esconden, y realizan negocios ilícitos para asegurarse grandes fortunas que les den seguridad. No se trata de analfabetos, sino de empresarios y gobernantes, líderes respetados que se han subido a la nuca de los pueblos en nombre de las leyes que ellos mismos han promulgado, o al margen de ellas. Por sus motivaciones se parecen a los ladroncillos de callejón, pero son de alfombra roja.

Los que huyen ven que la humanidad se dirige al abismo y gritan: “¡Paren al mundo, me quiero bajar!” Ven la realidad con fúnebres colores y son rehenes del miedo.

Ninguna de estas dos actitudes es buena. Las personas maduras acuden a Cristo y dependen de él. Cristo provee todo. Lo ha demostrado. Cuando liberó a los esclavos hebreos del dominio egipcio y los condujo hacia la tierra que les prometió, nada les faltó. Ni siquiera su calzado se dañó. ¡¿Te imaginas que tus zapatos te duraran cuarenta años?!

En este mundo donde priva la escasez, vive aferrado de Cristo y tendrás todo lo básico.