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Paternidad

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El padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Lucas 15:22.

Casi cada familia tiene un hijo pródigo. En aquellas en las que los padres son amorosos, compasivos y perdonadores, la historia puede tener un final feliz.

La historia original del hijo pródigo retrata el carácter de Dios mejor que ningún otro relato bíblico, y lo presenta como él quiere ser conocido, como Padre.

Un joven ansioso por conocer el mundo y estrenar sus nuevas hormonas reclama su parte de la herencia. El padre accede.

El joven se dispone a gozar de su libertad, y en seguida la convierte en libertinaje. Se dedica a la vida bohemia. Una mañana revisa su bolsa y la encuentra vacía. Los amigos desaparecen. Busca a las rameras que lo besaron y las encuentra en brazos ajenos. Hambriento, consigue el peor empleo para un judío: cuidar cerdos. El hambre le muerde las entrañas, pero no puede comer ni con los cerdos. El patrón se lo prohíbe.

El estómago reprende a la conciencia, y comienzan las reflexiones. En casa tenía todo. Es cierto que había que trabajar, pero no le faltaba un lecho limpio y cálido, y mucha comida. ¿Cómo regresar derrotado? No, ni pensarlo. De pronto, se acuerda de su padre. Ya está –murmura--. Mi padre me ama. Volveré a casa. Él me recibirá, aunque sea como un criado.

En casa, el padre está trabajando y suspirando por su hijo perdido. De pronto alza la vista y divisa una figura que avanza penosamente. Debe ser algún mendigo que viene a pedir pan-piensa. Intenta concentrarse en su labor, pero la silueta sigue prendida en sus ojos. Entonces ladra el perro, relincha el caballo, y el anciano estalla en júbilo. Corre hacia su hijo. El muchacho se echa a sus pies, trata de musitar unas palabras de contrición, pero él no se lo permite. Lo besa en la mejilla y en la frente, lo estrecha contra su pecho, se ensucia las ropas con el estiércol de los andrajos, y lo lleva de la mano mientras ordena el mejor vestido, el sacrificio del becerro más gordo, y abundante agua para lavar a su amado.

Esa noche hay fiesta. Y ni un solo reproche.

Así anhela Dios abrazarte a ti. Por eso te dice: “Con amor eterno te he amado" (Jer. 31:3). Acude a él, y serás feliz.