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Libertad

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A liberar a los oprimidos. Isaías 61:2, PDT.

Cristo vino a la tierra cuando la ética y la moral tocaban fondo. Grecia y Roma tenían creencias absurdas, y los hombres poderosos trataban a los demás como trataban a las bestias.

Se estima que, en ese tiempo, por cada hombre libre había tres esclavos en Roma, la mayoría, producto de las guerras de conquista.

Algunos eran esclavos desde que nacían. Delante del templo de Pietas estaba la columna lactaria, donde eran expuestos los bebés abandonados que los pater familias (padre de familia] no reconocían, para que alguien los adoptara. Esto casi nunca ocurría, sino que los recogían personas que los convertían en esclavos si eran varones, y en prostitutas si eran niñas. Los niños inútiles, deformes o débiles eran eliminados. El niño adoptado tomaba el apellido del nuevo padre. Cuando una esclava tenía un hijo, era responsabilidad de su amo aceptarlo en la familia. Que lo matara si no era aceptado no estaba mal visto, aunque esa práctica más tarde pudo llegar a tener un tipo de reprobación moral.

La mayoría de los esclavos eran sometidos a faenas duras, excepto algunos privilegiados, y los que se convertían en tutores de los hijos de su señor, quienes eran libertados. Cuando un esclavo era libertado, su señor pronunciaba las palabras "liber esto", que significa “eres libre”

Los esclavos eran utilizados a capricho de su señor, incluso usos de índole sexual. Eran torturados en lugar de su señor cuando este era investigado por algún delito. No tenían derechos ni propiedades. No tenían recursos legales en las cortes ni podían ser testigos en un proceso judicial. No tenían ciudadanía, y se les podía matar como se desechan las bestias o los objetos.

Tal era el estado de la sociedad que legó el Derecho al mundo. Pero Cristo amó a todos.

Hoy una esclavitud más abyecta nos humilla: la esclavitud del pecado, la alienación de Dios. Jesús quiere libertarnos de esa tendencia. Vivamos este día en relación con él y nuestras cadenas serán quebrantadas.