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Nobleza

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Todo él codiciable. Cantares 5:16.

Hoy quiero presentarte al modelo de nobleza. Era Hombre sin dejar de ser Dios. Vino a nacer y a vivir como nosotros. El Hombre Jesucristo, "crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres" (Luc. 2:52).

El egocentrismo es la motivación del corazón corrupto. Todos somos así, egocéntricos en alguna medida, pero Cristo dijo de sí mismo: “Gloria de los hombres no recibo” (Juan 5:41). Su propósito era servir, no ser servido. Tanto se concentró en socorrer al pueblo que había aldeas donde no podía entrar porque la gente salía a su encuentro. San Marcos registra que “Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes" (Mar. 1:45).

Jesús invirtió todo por el bien de la humanidad. Dueño de todo, a todo renunció por nuestro bien, al grado que no tenía “dónde recostar su cabeza” (Mat. 8:20). Se cuido de los estorbos del materialismo. Recorrió el país de Israel dejando a su paso una estela de vida. Aunque los samaritanos a quienes ayudó le negaron hospedaje cuando iba hacia Jerusalén, no los maldijo ni los desechó. Prosiguió amándolos. Y cuando fue crucificado, se apiado de los que lo mataban, del malhechor que moría junto a él, y de su doliente madre, a quien le proveyó un hogar.

El supremo sacrificio, el de su muerte en la cruz, fue la culminación de su estilo de vida. Su misión fue hacer el bien a todos con todos sus recursos, incluso el supremo bien, el de la redención a costa de su vida. Al verse ante la cruz, Cristo nos dijo a todos los seres humanos caídos en desgracia: “No mueras tú. Yo moriré por ti”

Que la condescendencia, el servicio y el sacrificio de Jesús no sean en vano, sino que tu vida sea iluminada por la piedad de Cristo, y que tu jornada sea de solidaridad, servicio y sacrificio por el prójimo.