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¡Cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Marcos 10:23.

Un habitante del desierto de Namibia tenía sed y no podía encontrar un oasis. De pronto vio a un mono y decidió utilizarlo para conseguir agua. Pero el mono estaba tranquilo, parecía que no tenía sed. El hombre sacó unas semillas de su bolsa, hizo un agujero en una roca en el que cabía apenas su mano, y esperó.

El mono fue por las semillas, pero cuando quiso sacar la mano con su preciado botín, no pudo, y comenzó a chillar. El hombre corrió hacia el mono y le echó un lazo al cuello. Al verse atrapado, el mono soltó las semillas y pudo sacar la mano. El hombre lo amarró a un árbol y le dio unos terrones de sal. El mono se comió la sal con avidez y se quedó ahí, a la sombra del árbol, sujeto a la correa. El hombre se sentó a esperar. Al rato el mono tenía una sed desesperante. Entonces el hombre lo soltó y lo siguió, pues el mono salió corriendo a gran velocidad. Pronto, detrás de unas dunas, apareció un promontorio de rocas. El mono se escabulló entre las rocas hasta una caverna. En el fondo había un oasis. Hombre y mono bebieron hasta saciarse, y siguieron su camino, cada uno por su lado.

Nos parecemos al mono. El diablo utiliza nuestros apetitos e inclinaciones para encadenarnos, dominarnos y utilizarnos en su servicio. Por medio del amor al dinero, el enemigo de Dios esclavizó al joven rico y le impidió realizarse como discípulo del Maestro. Este joven anhelaba la vida eterna, pero los terrones de sal del dinero lo mantuvieron cautivo del maligno. Lo mismo les pasó a Judas y a Balaam.

Los terrones de sal de Salomón fueron las mujeres paganas. Los terrones de sal de Saúl fueron sus decisiones independientes. Los terrones de sal de Sansón fueron las filisteas. Los terrones de sal de Demas fueron los oropeles del mundo.

Hoy, Jesús nos llama a buscarlo a él, la fuente de agua viva, y a saciar nuestra sed existencial en sus palabras, su amor y en su compañía. Cuidado con “los terrones de sal” del ángel caído.