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Palabra

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Oísteis que fue dicho a los antiguos... pero yo os digo. Mateo 5:21, 22.

Jesús fue un predicador de sí mismo. Afirmaba con la seguridad de quien  es mensajero y mensaje: “Yo os haré descansar” (Mat. 11:28); “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). Prometía a las multitudes: “El que cree en mí... de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:38): “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10); “Yo soy la luz del mundo” (Juan 8:12).

"Oísteis que fue dicho... pero yo os digo” (véase Mat. 5), dijo al corregir la interpretación de la Palabra. Jesús no fue un teórico. No, los que lo oyeron lo vieron consumirse en la brasa del amor que proclamaba, e incendiar la historia con el fuego del Espíritu.

Jesús no solo superó, sino que iluminó a los grandes líderes morales. Habló de los grandes misterios: la vida y la muerte, el bien y el mal. Su enseñanza encauzó la historia y diseñó el futuro: vida eterna a sus seguidores, muerte eterna por elección propia a sus adversarios.

La Palabra de Jesús tenía el poder de realizar lo que decía. A su orden los muertos resucitaban, la tormenta se tornaba en brisa. Limpió leprosos, levantó lisiados, ahuyentó demonios y realizó sanidades a distancia con una orden. Derribó a sus captores con solo decir: “Yo soy” (Juan 18:6).

Su Palabra es eterna (Isa. 40:8); tiene poder santificador (Juan 17:17); imparte vida. Dijo a la hija de Jairo: “Niña, a ti te digo, levántate” (Mar. 5:41), y la niña despertó del sueño de la muerte. Esa Palabra escrita sigue realizando hoy el milagro de convertir a los pecadores en santos.

Su Palabra fue para sus antagonistas un trueno amenazante. Dijo a los que condenaban su compasión por los proscritos: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos" (Luc. 5:31). Esos adversarios temieron más a sus dichos que a las espadas romanas. Esas palabras desnudaban conciencias, exhibían podredumbres, y no se podían refutar; eran ascuas del brasero de la verdad. Los que se colgaron de su manto para intentar acallarlo fueron arrastrados, exhibidos y enmudecidos, cuando en el martirio Jesús los perdonó (Luc. 23:34).

Escuchemos hoy a Jesús. Que su Palabra sea nuestra orden de marcha.