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Heroísmo

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Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Juan 15:12.

Ramon Aréchiga realizó un acto que reveló este principio.

Todo comenzó el día en que Ramón, de 26 años de edad, dejó su esposa y su hija de 18 meses en California para buscar empleo en el campo en el Estado de Colorado, pues por ser indocumentado no trabajaba en la ciudad.

Cansado del viaje, Ramón se sentó a la orilla del lago Runyon. Varios bañistas anglosajones jugaban en las aguas. De pronto, una jovencita comenzó a manotear entre las aguas. Se estaba ahogando. Todos la miraban, pero nadie intentaba ir por ella.

De pronto se oyó una zambullida, y vieron a alguien que nadaba en dirección a la muchacha. Era el inmigrante hispano que los había estado observando desde la playa. Pronto el espontáneo socorrista alcanzó a la joven y la saco a flote, pero ella se aferró a su cuello, y aunque el intentó zafarse, el abrazo fue mortal. Se ahogaron juntos. Los socorristas procedieron a buscar los cuerpos. Los hallaron doce días después.

Al enterarse del acto heroico de Ramón, el alguacil de la ciudad de Pueblo, Colorado, acompañado de una guardia, hizo el viaje a México para sepultarlo con honores en su pueblo natal, Xalisco, Nayarit. Fue un funeral memorable. En un ataúd de cinco mil dólares y cubierto por la bandera mexicana, los restos de Ramón Aréchiga bajaron a la tierra honrados por dos naciones, México y Estados Unidos.

Ramón Aréchiga realizó el supremo sacrificio. Su acto de abnegación debe haber alegrado al Señor Jesucristo, quien tal vez rememoró aquella reunión en el aposento alto la víspera de su sacrificio.

Los cristianos no hemos sido puestos en un nicho para ser admirados por nuestra justicia, sino junto al que sufre, junto al que tiene hambre y al que está en peligro, para amarlos y auxiliarlos desinteresadamente.