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Entrega

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Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? Juan 6:70.

En 480 a.C., Efialtes vendió a sus compañeros de armas. Leónidas y sus trescientos espartanos --ahora 299—, defendían el paso de las Termopilas del ataque de 240.000 persas. Sí, 299, porque Efialtes, el soldado número 300, ingresó en el campamento persa y pidió una gran suma de dinero a cambio de mostrarle al invasor un atajo que les permitiría atacar a las fuerzas griegas en dos frentes. La traición fue pagada. Jerjes, el emperador, envió a un general llamado Hydarnes hacia la ruta alternativa. Una pequeña guardia de soldados focios protegía esa ruta y pronto fue vencida.

Otro célebre traidor fue Bruto, el protegido de Julio César, quien, aunque había sido perdonado una vez por conspirar contra César, al fin participó en su homicidio. Pero hubo un hombre que manchó el Evangelio y salpicó la historia con la indeleble tinta de su beso traidor: Judas.

Efialtes convirtió una hazaña en epopeya. Bruto le ha dado nombre a toda acción insensata. Y Judas es sinónimo de vileza. Los tres son despreciables, pero Judas fue el más ruin. Vendió por el precio de un esclavo al Redentor del mundo, y no disfrutó sus treinta monedas de plata.

Judas se ofreció a seguir a Jesús, pero al fin se decepcionó de él. Es difícil asimilarlo. Para chasquearse de Jesús, Judas debió saltar todas las barreras morales. Se requiere una nula percepción espiritual y una mentalidad obtusa para llegar a esa conclusión.

Jesús era “el Deseado de las naciones” (Hag. 2:7), pero no para Judas. Todos los pueblos y todos los profetas habían suspirado por el Hijo del Hombre, pero Judas, que vivía con él, no lo valoró. Judas llegó a amar a Jesús, pero no hizo una entrega total a su Salvador. Tenía su propia agenda. En vez de servir a su Maestro, se sirvió de él.

Y tú, ¿has hecho ya una entrega total a tu Salvador? Si no lo has hecho, hoy es un día oportuno para darle tu corazón y escapar del destino de Judas.