Regresar

Adoración

Matutina para Android

Play/Pause Stop
Mirarán al que traspasaron. Juan 19:37.

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

 

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

 que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,

 y aunque no hubiera infierno, te temiera.

 

No me tienes que dar porque te quiera,

pues, aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

En este poema el amor a Cristo se expresa con gran sensibilidad y belleza. El autor desdeña premios y castigos, Jesús crucificado es el premio en sí mismo a su ferviente fe.

El estilo es directo, enérgico. No se apoya en adjetivos. No tiene adornos. El adorno es Jesús crucificado. Es una manifestación de entrega total a quien entregó todo por salvar al pecador.

El autor era en verdad un cristiano. Aunque algunos atribuyen el soneto a San Juan de Ávila, a Santa Teresa de Jesús, a Sor Juana Inés de la Cruzo a Fray Miguel de Guevara, no se sabe quién lo escribió. Es mejor así, para librarnos de la tentación de exaltar el talento, de ponderar el genio, de mirar al mortal.

Permanezcamos en humilde silencio ante la figura del Cristo crucificado, mientras las últimas gotas de sangre mojan la tierra de nuestro desvarío.