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Convicción

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Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía. Daniel 1:8.

En 605 a.C., Nabucodonosor II conquistó Judá y exilió a muchos hebreosal territorio de Babilonia. Entre ellos se contaban Daniel y sus tres amigos, Ananías, Misael y Azarías, quienes aún no llegaban a los veinte años de edad (Dan. 1:3).

Por su sangre real, Daniel y sus amigos fueron asignados a la corte, pero ahí enfrentaron una gran prueba: el alimento. Para los israelitas, la comida, formaba parte de la doctrina de la santidad del cuerpo. Por su parte, los babilonios tenían el saber en gran valor, pensaban que el conocimiento les era transmitido por el dios Nebo, y que se adquiría por medio del alimento, así que le consagraban sus platillos. Daniel se enteró de la existencia de este ritual, y “propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse” (vers. 8).

Daniel se negó también a participar de la comida del rey porque algunos de esos alimentos estaban prohibidos por la ley hebrea (Lev. 11; Deut. 14). En la mesa del rey había muchas carnes impuras. Además, esos animales no habían sido bien desangrados, lo que era condenado por la ley (Lev. 3:17). Y si la comida era preparada por paganos, los hebreos no la aceptaban, pues a esas personas se les consideraba en estado de impureza (Lev. 7:19-21).

Daniel pidió para él y sus amigos legumbres y verduras, los únicos alimentos que el rey no consumía, por lo que no eran ofrecidas a los ídolos, y agua en lugar de vino. Melsar, el jefe del grupo de eunucos al que pertenecían Daniel y sus amigos no quería cambiarle la dieta, pero Daniel pidió que hiciera la prueba durante diez días. Dios impresionó la mente de Melsar en favor de Daniel y sus amigos, y este aceptó.

Dios se agradó de Daniel y sus amigos, preservó y mejoró su salud, y al final del plazo de diez días ellos resultaron más saludables que quienes comían el alimento del rey. Los jóvenes continuaron consumiendo el buen alimento y la buena bebida: legumbres y agua.

Tú también has sido llamado a defender tus convicciones. Comienza por defender la santidad de tu cuerpo.