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Padre

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Traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido. Lucas 15:23, 24.

Jesús contó la historia del hijo pródigo para ilustrar su amor por los perdidos:

Un hombre rico tenía un hijo que ansiaba la herencia y la independencia. Aunque era muy joven, y el padre sano y fuerte, el muchacho le pidió su parte de la herencia. Al padre le dolió la petición, pues la herencia se otorgaba a la muerte del padre. Pero como el hijo insistiera, le dio lo que le correspondía: una tercera parte de los bienes, pues a su hermano mayor le correspondían dos terceras partes, por ser el primogénito.

El muchacho recibió el dinero y se fue a una provincia lejana, a vivir a su modo. Un día el dinero se acabó. Solo y arruinado, el joven comenzó a buscar trabajo, pero sobrevino una crisis económica, y nadie le daba empleo. Al fin se arrimó a un hacendado, quien lo puso a cuidar cerdos, un trabajo humillante para un judío. Tanta era su hambre que ansiaba comer de las algarrobas de las bestias que cuidaba, pero nadie le daba.

Un día el joven volvió en sí. Se acordó de su padre y de sus comodidades. En su casa tenía siervos y aquí él era un siervo. Decidió volver.

El padre estaba mirando hacia el camino por donde su hijo se había ido cuando alcanzó a divisar una figura de un hombre que apenas caminaba. Como el corazón puede ver más allá de los ojos, reconoció a su hijo, y corrió a su encuentro.

El joven había preparado un pequeño discurso de penitencia, pero el padre no lo dejó hablar. Lo abrazo y no dejaba de besarlo. Luego mandó que le pusieran ropa nueva y un anillo que le devolvía su lugar en la familia. Ordenó que mataran el becerro más gordo, que trajeran músicos y muchos invitados, porque su hijo perdido había regresado.

La historia del hijo pródigo ilustra la condición de los hombres que en ese momento estaban comiendo y bebiendo con Jesús: cobradores de impuestos que habían abusado de su poder y otros que habían vivido perdidamente. Ahora habían venido a Jesús, y él los había recibido como hijos. Por eso tenían fiesta.

El hijo perdido se atrevió a volver por una razón: su padre lo amaba. Nuestro Padre nos ama. Repitamos esto a cada rato.