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Despedida

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No desprecies la dirección de tu madre. Proverbios 1:8.

Esa noche me marcó para siempre. Esa noche, el tren que venía de Mérida con destino a la Ciudad de México se llevó lo mejor de mi juventud. Atrás quedaban los juegos de fútbol callejero y los campos de maíz donde trabajé con mi padre, y mi madre sollozando en la esquina.

Tal es el precio del ideal. Tenía sueños y salí en pos de ellos.

Un día regresé al pueblo, casado y con un hijo de cuatro meses. Cuando el autobús se detuvo, me asomé por la ventanilla y le dije a mi esposa: “Ese señor de sombrero blanco que ves junto a ese árbol, con una bola de masa de maíz en las manos, es mi padre”. Descendimos, nos fundimos en un abrazo, y nos fuimos a comer tortillas cocidas a las brasas.

Dieciocho años después, mi hijo mayor se fue de nuestra casa en Idaho a internarse en una universidad lejana. Me senté con mi esposa a contemplar sus fotos y a llorar. Cuando busqué consuelo en mi madre, ella me dijo a través del teléfono, a más de cuatro mil kilómetros de distancia: “Desde hace 32 años, cada vez que silba el tren en que te fuiste, vuelvo a llorar”.

Así, mi madre me hizo ver que vale más la familia que el progreso material; que el hogar vale más que la biblioteca; que las caricias de las manos encallecidas de la madre valen más que el roce del áspero papel en que se imprimen los dólares.

Mi madre se fue al sepulcro con su mirada triste, con sus ojos color de miel cansados de llorar mi ausencia. Cuando esa luz se apagó, quedé en silencio, abrumado por el misterio. La muerte había descargado el golpe más brutal que he recibido. Me golpeó el corazón, pero más la conciencia. Cuando la sepultaron, alguien leyó unas palabras laudatorias que le dediqué a la mujer que hace más de medio siglo guio mis torpes manos de niño para escribir la primera palabra, y esa palabra fue “mamá”.

Gracias, oh Dios por las madres. Gracias por haber escrito en el centro de la ley el glorioso mandamiento: “Honra a tu padre ya tu madre” (Éxo. 20:12).