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Valor

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Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos. Eclesiastés 4:13.

Goliat se levantó con una nueva idea titilando en su cabeza. Este soldado filisteo no era solo una máquina de matar, también podía pensar. Ideó una forma de economizar sangre. Durante cuatro siglos hebreos y filisteos se habían desangrado. Hoy bastaban cinco litros. Un solo pueblo estaría de luto.

El mejor soldado hebreo debía enfrentar a Goliat. Si aquél prevalecía, los filisteos serían súbditos de Israel, y si Goliat ganaba, los hebreos les servirían.

Saúl, el rey de Israel, tragó saliva. Los filisteos tenían un gigante de casi tres metros de estatura dispuesto a pelear, y entre los hebreos el gigante era él. No respondió.

Goliat reía. Ya no estaba Sansón, el terrorista suicida que mató a más de tres mil filisteos en el templo. De todos modos, cuando Sansón asolaba su tierra, la única vez que su gente se unió fue para entregarlo a sus enemigos. Los hebreos parecían doncellas, y ante este reto, ¿quién podría defenderlos? No sería su dios Jehová. En cambio, Dagón, el dios filisteo, era tan poderoso que gobernaba la tierra y el mar.

¿No había intentado Jehová desde los tiempos de Josué someter a los filisteos y no había podido?

¿Podría ahora dar la victoria a su campeón? ¿Tendría uno? Así sucedió día a día durante más de un mes.

¿Qué pasaba con Jehová? ¿Era tan cobarde como sus soldados? Dagón exhibía cada día a su representante, ¿a quién elegiría él?

Hacía tiempo que Jehová había elegido a su campeón. Lo estaba entrenando en las afueras de Belén. Pero el día que lo vieron llegar al campamento, los hebreos no lo reconocieron.

El campeón de Dios era un adolescente que arreaba un asno cargado de víveres para unos soldados rasos. El chiquillo era el menor de su casa, y se dedicaba a la ingrata tarea de cuidar ovejas y a apaciguar con su música al esquizofrénico rey Saúl. Se llamaba David.

Cuando llegó la prueba suprema, nadie pensó en David. Dios sí, y David también. Uno con Dios es mayoría.