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Perseverancia

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Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio. 2 Timoteo 4:11.

Tres veces intentó Juan Marcos ser ministro. La primera vez, cuando su Maestro enfrentó el peligro, lo abandonó. Mientras sus captores prendían a Jesús, alguien intentó detener a Juan Marcos, pero solo alcanzó a tomarlo de la sábana en que andaba envuelto. Y desnudo, se escurrió entre los olivos, al amparo de la noche (Mar. 14:51, 52).

La segunda vez, en plena gira de evangelización, cuando se levantó la persecución contra los apóstoles en Asia Menor, Juan Marcos volvió a retroceder. “Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan, apartándose de ellos, volvió a Jerusalén” (Hech. 13:13).

Cuando intentó incursionar en el ministerio por tercera vez, Juan Marcos provocó una amarga discusión entre la justicia y la gracia. Pablo quería darle lo que merecía, descartarlo; Bernabé lo que necesitaba, otra oportunidad. Como Bernabé insistiera en llevarlo, Pablo se apartó y eligió a Silas como compañero. Bernabé llevó a Juan Marcos (Hech. 15:36-40).

Años después, cuando Pablo esperaba su ejecución, le escribió a Timoteo una carta en la que le pedía que lo visitara junto con Juan Marcos. ¿Qué habría escrito el apóstol acerca del cobarde? Lo que escribió sintetiza la admirable transformación del muchacho: “Me es útil para el ministerio" (2 Tim. 4:1).

Pedro también comprobó la utilidad de Marcos, al grado de llevarlo a Roma y considerarlo su hijo. Desde ahí, Marcos envió saludos a los hermanos: “La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan” (1 Ped. 5:13).

Un día Juan Marcos decidió escribir algo mejor que sus memorias. Escribió la vida de su Maestro. Y en ese cuadro de sangre y de gloria, trazó una pincelada personal, un joven huyendo en el olivar, y un ceñudo soldado con una sábana en la mano.

Cuando el miedo habla, la gracia grita.