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Benevolencia

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Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir. Marcos 12:43, 44 (DHH).

En la década de 1980 conocí a la hermana María Silva. A sus noventa años y sin fondo de jubilación, ella fue abandonada por su familia cuando aceptó a Jesús. Un joven adventista, también repudiado por sus familiares por causa de su fe, se encargó de ella.

Nuestra pequeña iglesia le daba cada mes a la hermana María el equivalente de siete dólares. Cada vez que la tesorera de la iglesia realizaba el conteo y el reporte de las finanzas, se detenía ante el sobre de la hermana María. Ella devolvía el veinte por ciento.

La hermana María Silva se parece a una mujer de Jerusalén que el Salvador elogió. Esta es su historia:

“Jesús estaba en el atrio donde se hallaban los cofres del tesoro, y miraba a los que venían para depositar sus donativos. Muchos de los ricos traían sumas elevadas, que presentaban con gran ostentación. Jesús los miraba tristemente, pero sin hacer comentario acerca de sus ingentes ofrendas. Luego su rostro se iluminó al ver a una pobre viuda acercarse con vacilación, como temerosa de ser observada...

“Ella creía que el servicio del templo era ordenado por Dios, y anhelaba hacer cuanto pudiese para sostenerlo... Miraba el donativo que tenía en la mano. Era muy pequeño en comparación con los que traían aquellos que la rodeaban, pero era todo lo que tenía. Aprovechando su oportunidad, echó apresuradamente sus dos blancas y se dio vuelta... La pobre viuda dio lo que necesitaba para vivir al dar lo poco que dio. Se privo de alimento para entregar esas dos blancas a la causa que amaba... Los ricos habían dado de su abundancia, muchos de ellos para ser vistos y honrados de los hombres. Sus grandes donativos no los habían privado de ninguna comodidad, ni siquiera de algún lujo; no habían requerido sacrificio alguno...

“Lo hizo con fe, creyendo que su Padre celestial no pasaría por alto su gran necesidad” –DTG 566,567.

El generoso se parece a Dios. ¿Te pareces a él?