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Gratitud

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Dad gracias en todo. 1 Tesalonicenses 5:18.

Yo tenía dos vecinos inolvidables. De uno procuro no acordarme, y al otro jamás quisiera olvidar. Al de la casa de la derecha lo llamaremos José, y al de la casa de enfrente le pondremos Luis. La calle de José era poco transitada, la de Luis tenía acceso a una de las avenidas principales de la ciudad.

Con el tiempo José abrió un pequeño negocio de abarrotes a un lado de su casa. Al año siguiente, a pesar de la cercanía, Luis abrió un negocio del mismo ramo, y como lo ubicó por la avenida, pronto progresó. José no pudo competir con Luis y cerró su negocio.

Un día Luis recibió la visita de unos ladrones en su negocio. José se enteró y acudió querer ayudar a su vecino. Cuando los ladrones estaban saliendo, José reconoció a uno de los delincuentes y le dijo: "¡Yo a ti te conozco!"

El ladrón respondió con un disparo. José cayó muerto.

Esa tarde, cuando procedieron a velar el cuerpo en su casa, como se acostumbraba en ese tiempo, los vecinos fueron a acompañar a la viuda y a los huérfanos. Mi madre llevó flores, otras personas cooperaron con café y alimentos para compartir con quienes asistieran al velorio, pero Luis no cerró su negocio ni envió nada. Dijo que no podía asistir porque debía seguir trabajando para recuperarse de lo que perdió en el asalto. Como necesitara unas velas, Laura, la viuda de José, acudió a la tienda de Luis, y este se las vendió.

El sacrificio de José fue pagado con la ingratitud de Luis.

Cuando mi hermano Roberto me contó esta historia, sentí un hervor de indignación; luego me acordé que yo había menospreciado muchas veces el sacrificio de Jesús en mi favor y la indignación se me pasó.

Agradezcamos siempre. Agradezcamos a Dios por la vida y por la familia. Sobre todo, agradezcámosle por Jesús, quien enfrentó a los ladrones satánicos que nos robaron la vida eterna. Agradezcamos a Dios por su Santo Espíritu, quien nos aplica los beneficios de la salvación, y nos educa en la fe y en todos los aspectos de la vida.