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El Hijo del Hombre es Señor aun del sábado. Marcos 2:28.

Cristo nos dio el sábado para nuestro bien. Los fariseos pensaban que el hombre estaba al servicio del sábado, y lo esclavizaron con reglamentos absurdos sobre su observancia. Por ejemplo, en sábado no se podía usar un pañuelo, a menos que este estuviera cosido a la ropa. Cristo se declaró Señor del sábado, y le devolvió su frescura.

Si el sábado es para nuestro bien, lo mejor que podamos hacer es guardarlo, como hacía una muchacha adventista que trabajaba en un puesto de frutas y verduras. Con frecuencia, un cliente incrédulo le compraba su mercancía, pero el sábado no, porque estaba cerrado.

El hombre le decía a la joven que no cerrara el puesto en sábado, que todos los días son iguales, pero ella seguía cerrando. Un día el hombre vino a discutir sobre el día de reposo, pero la joven estaba ocupada. Entonces él puso en línea siete toronjas y se las mostró. La joven entendió el mensaje: todos los días son iguales; pero cambió la séptima toronja por una naranja: el sábado es más dulce.

Nuestro día de reposo y adoración se halla en el centro de la Ley: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (éxo. 20:8-11).

Se trata de un decreto arbitrario. Dios así lo quiso y así lo instituyó. Él es soberano y nadie debe cuestionarlo. Todos sus decretos están motivados por el amor, porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8).

Si Dios hubiera elegido cualquier otro día para nuestro descanso y renovación en su presencia, tendríamos que haberlo aceptado. Aceptemos entonces el sábado, el día que Dios seleccionó para nuestro bien, “porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación" (Gén. 2:3).