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Gracia y paz sean a vosotros, de Dios el Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre. Gálatas 1:3, 4.

La encarnación del Hijo de Dios tuvo el objetivo de salvar a los pecadores y vindicar el gobierno de Dios.

Cristo no tuvo ningún temor ni precaución ante los caídos. Vino a buscarlos desde el Santuario celestial. Adoptó la naturaleza de los pecadores, pero sin tendencia al mal. No fue como Adán, un ser creado; ni como el hombre caído, un ser engendrado; Jesús fue único, un Ser encarnado. Creación, procreación y encarnación son fenómenos diferentes.

Jesús se acercó a los cobradores de impuestos, hombres deshonestos y traidores que servían a los opresores romanos y cobraban de más. Jesús quiso ayudarlos a salir de su miseria espiritual. Hizo un viaje a Gadara en busca de dos hombres poseídos por una legión de espíritus malos y los libero. Buscó a los samaritanos para ofrecerles su gracia, y pasó varios días en sus aldeas, ayudándolos en toda necesidad genuina. Ayudó a los imperialistas romanos porque en él no había rencores ni prejuicios. Viajó hasta Tiro y Sidón, en el actual Líbano, en busca de una mujer cuya hija necesitaba un milagro, porque amaba a los fenicios por encima de las diferencias religiosas y la rivalidad histórica entre ambos pueblos. Lo criticaron los legalistas de su pueblo, pero a Jesús no le importó.

Si tienes un hermano hundido en la drogadicción y vas a buscarlo al callejón donde se juntan los pandilleros y las prostitutas, los ladrones y los traficantes de drogas, que no te importe si tus hermanos en la fe te critican. Te internas en el barrio, te expones a ser asaltado o asesinado, y no pesas el riesgo, porque tu hermano lo vale. Eso hizo Jesús. Buscó a los pecadores y por ellos se jugó su prestigio. Los santurrones e hipócritas le pusieron un apodo: “Amigo de los pecadores”. A Jesús le gusta este apodo, ya mí también. Jesús es mi Amigo.