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Dios es amor. 1 Juan 4:8.

Alberto Einstein fue un genio de la física que pensaba que no existe un tiempo absoluto ni tampoco un espacio absoluto.

Einstein afirmó que el tiempo no transcurre en forma igual para observadores distintos desde sistemas de referencia distintos. Como este efecto es perceptible en sucesos cercanos a la velocidad de la luz (300.000 km/s) y nosotros nos movemos a velocidades más lentas, para nosotros el tiempo es igual.

Según la teoría de Einstein, si un astronauta viajara por el espacio a una velocidad cercana a la de la luz, cuando volviera a la Tierra y viera su reloj advertiría que para él el tiempo transcurrido sería menor que el transcurrido en nuestro planeta. Eso quiere decir que el tiempo es relativo, y que nuestro envejecimiento se debe al pecado y a nuestra lentitud para movernos en el cosmos.

Einstein también postulaba que el espacio, al igual que el tiempo, era relativo a la posición de quien lo mide. La variación en la medición del espacio también se nota a velocidades próximas a las de la luz, algo que nosotros no podemos experimentar en nuestras tareas cotidianas.

Einstein nos ofrece la fórmula E=mc2, en la que E es la energía de un cuerpo, la que es igual a m (su masa) por c2, la velocidad de la luz elevada al cuadrado. Esta fórmula afirma, por ejemplo, que un kilo de materia equivale aproximadamente a toda la energía que se consume en la Tierra en una hora. Así, al aprender a extraer la energía de la materia, el hombre logró obtener la liberación del poder del átomo, y pudo provocar una reacción en cadena, como ocurrió en la detonación de la bomba atómica. Lo que hizo Einstein equivale a un adulto que le da a un niño de cinco años el AK47 de su padre guerrillero.

Los secretos de la naturaleza son abundantes. Einstein logró descubrir uno. ¿Cuántos secretos habrá de los que nada sabemos aún? Gracias a Dios porque nosotros poseemos uno más valioso y eficaz que la energía atómica: el amor, cuyo poder utilizó Jesús para vencer el mal.

Es verdad que no somos Einstein, pero somos cristianos que aman, y eso es mejor. Ese es el poder que nos ha dado Dios. Utilicemos tal poder para iniciar una reacción en cadena de actos de bondad.