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Y Saúl envió a decir a Isaí: Yo te ruego que esté David conmigo, pues ha hallado gracia en mis ojos. Y cuando el espíritu malo de parte de Dios venia sobre Saúl, David tomaba el arpa y tocaba con su mano; y Saúl tenía alivio y estaba mejor, y el espíritu malo se apartaba de él. 1 Samuel 16:22, 23.

David es el gran músico, poeta y compositor de la Biblia. Su música era el pavor de los demonios y el deleite de quienes la escuchaban.

El sentimiento y las motivaciones del David músico y compositor se reprodujeron en tres grandes genios: Bach, Mozart y Beethoven.

Beethoven es el sentimiento. Utilizaba los instrumentos musicales como trampolines hacia otros mundos. Hacía que el piano sonara como una tormenta, un paseo a caballo, una caja de música, una caminata por la montaña, un terremoto, un susurro en la noche estrellada. En su “Sonata para piano N° 30”, hay un momento en que se oye una campana de un templo viejo y lejano.

Cuando ya Beethoven estaba sordo, tocaba un clavicordio desafinado y desvencijado. Él no escuchaba los arpegios, pero en su mente vibraban las más sublimes tonadas, porque su música era sentimental.

En la motivación, Bach era semejante a David. Componía música para Dios. Los grandes maestros reconocieron la perfección de su técnica y su propósito: alabar a Dios.

Al igual que David, quien tocaba para tranquilizar al rey Saúl, Mozart compuso música para sacarnos del abismo del desánimo y elevarnos hacia el gozo.

Si eres un músico cristiano, procura componer música que exprese las mejores emociones que te produce tu relación con Dios, y deleita a la gente. Así, estarás componiendo como Beethoven; alcanzando a otros, como Mozart; y adorando a Dios, como Bach. Todo esto hacía David. Expresaba sus emociones más íntimas en alabanza a Dios, la gente lo escuchaba con agrado, y el mismo rey Saúl, aquejado de un mal del estado de ánimo a causa de feroces remordimientos, se relajaba al escucharlo.

Que la música sea deleite para todos y alabanza a Dios.