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Singular

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Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar. Marcos 7:37

Cristo vino al mundo en la hora más oscura de la humanidad. La tierra era entonces un manicomio. En los rostros humanos se retrataban los demonios. En Roma, los gobernantes eran divinizados. En Grecia, los pensadores buscaban la verdad ubicando al hombre en el centro de todas las cosas. En Israel, la religión verdadera había sido reducida a un conjunto de ceremonias despojadas de significado.

En la búsqueda desesperada del pan cotidiano y de la realización personal, nadie tenía tiempo para el prójimo. En la búsqueda del poder no había escrúpulos. La guerra asolaba los pueblos. Los vencedores sometían a los vencidos al más abyecto vasallaje.

Todos contra todos y todos contra Dios. Entonces llegó Jesús.

Llegó Jesús y arrojó al surco de las necesidades humanas la semilla de esperanza.

Llegó Jesús y los enfermos tuvieron curación, los pobres tuvieron motivos para vivir, los ricos volvieron a creer en Dios. Jesús hablaba y los hombres volvían a sonreír. De sus manos brotaban los milagros. Sus palabras eran semillas de esperanza. Jesús inauguró un destino glorioso para el género humano, trazó la senda hacia el Padre.

Como la escalera que bajaba del cielo a la tierra en el sueño de Jacob, así Jesús vino del cielo, se estableció en la tierra y procedió a verter sobre los hombres los dones del Padre. Al despertar en la desolada llanura de Betel, el patriarca fugitivo había dicho: “Este lugar... no es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo" (Gén. 28:17). Al conquistar la tierra, Jesús logró que Dios tuviera casa en la tierra, y le abrió al hombre las puertas del cielo. En Jesús, el hombre recibió todo lo que necesitaba, eso que no se compra porque Dios lo regala: amor y libertad, esperanza y gozo, entusiasmo y fe.

Este día puede ser el mejor si lo vivimos con Jesús, el Compañero ideal. Disfrutemos de su presencia gratificante.