Regresar

Ternura

Matutina para Android

Play/Pause Stop
No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare. Isaías 42:3.

Aunque Jesús es la fuerza de Dios en el universo, en la tierra fue el roce de Asu mano tierna.  

En Jesús, Dios vino a socorrer a los necesitados, a auxiliar a los desamparados. Del Mesías fue profetizado: “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo que humeare” (Isa. 42:3). Se condujo entre la humanidad con tierna misericordia, con infinita compasión, con amor indecible.

En presencia de Jesús, los pobres y los marginados recobraban la dignidad. A una mujer seducida al extremo del adulterio, a quien un grupo de malvados arrojó a sus pies para que la condenara, Jesús le dijo: “Ni yo te condeno, vete y no peques más” (Juan 8:11). A un leproso que vio en él su última esperanza, Jesús no solo sanó, sino que tocó, diciendo con ternura paternal: “Quiero, sé limpio” (Luc. 5:13).

Jesús tuvo piedad de los romanos que lo buscaron. No les echó en cara la ocupación de su país, no los reprendió por su crueldad colonialista, no criticó su religión que ordenaba adorar a una ciudad y a un hombre, sino que los ayudó mediante milagros de sanación. A los samaritanos idólatras y enemigos declarados de los judíos no los censuró, sino que los visitó siendo él judío, y se quedó en sus casas durante varios días, y les otorgó los mismos beneficios que a los demás: sanación, enseñanza y salvación.

Jesús no vino a juzgar, vino a servir. Tuvo piedad de todos. Liberó en la tierra la infinita benevolencia del Cielo. En él comenzaba a cumplirse la profecía mesiánica de Isaías 35. Al influjo de su voz y al toque de su mano los cojos saltaban, liberados de su mal, los ciegos veían, los mudos hablaban, los sordos oían sus palabras de amor divino.

Esta debiera ser la máxima aspiración del cristiano: socorrer a otros, no censurarlos. No osemos quebrar las cañas débiles que representan los hermanos que han caído muy bajo y a veces recaen. No nos atrevamos a soplar sobre la débil fe de los nuevos hermanos, la que asoma en la iglesia como asoman las tiernas hojitas que brotan del surco.