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Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne. Cantares 2:15.

Se peleaba “la Guerra de las dos Rosas”.

Ricardo III se preparaba para enfrentar a Enrique Tudor, y envió a su lacayo a comprobar si su caballo estaba preparado.

—Ponle pronto las herraduras —le dijo el mozo al herrero--. El rey desea cabalgar al frente de sus tropas.

—Tendrás que esperar-respondió el herrero—. En estos días he herrado a todo el ejército del rey, y ahora debo conseguir más hierro.

—No puedo esperar —replicó el mozo–. Los enemigos del rey avanzan, y debemos enfrentarlos. Arréglate con lo que tengas.

Con una barra, el herrero hizo cuatro herraduras y las adaptó a los cascos del caballo. Luego empezó a clavarlas. Después de clavar tres herraduras, descubrió que no tenía suficientes clavos para la cuarta.

—Necesito dos clavos — dijo—. Me llevará tiempo conseguirlos.

—Te he dicho que no puedo esperar --dijo el mozo impaciente. Ya oigo las trompetas. ¿No puedes arreglártelas con lo que tienes?

—Puedo poner la herradura, mas no será tan firme como las otras...

—¡Pues clávala! —exclamó el mozo—. ¡Date prisa!

Más tarde los ejércitos chocaron. En lo más fiero del combate Ricardo advirtió que al otro lado del campo, algunos de sus hombres retrocedían. Galopó hacia la línea rota, ordenando a sus soldados que regresaran a la batalla, pero el caballo perdió la herradura mal clavada, tropezó y lo tumbó. El corcel se levantó y echó a correr. Ricardo miró a sus soldados que huían. Las tropas de Enrique lo rodearon y lo mataron. Por culpa de un mozo y un herrero, la casa de Leicester había perdido el trono de Inglaterra.

El herrero falló porque dejó el caballo del rey al final, y el mozo porque lo instó a hacer un mal trabajo. Tu vida está en cierne, comenzando a despuntar. Procura la perfección en todo lo que hagas.