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Prueba

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Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte. Y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios ojos. Yo mismo espero verlo; espero ser yo quien lo vea, y no otro. ¡Este anhelo me consume las entrañas! Job 19:25-27 (NVI).

Job sufrió la prueba de la prosperidad y la enfrentó con madurez. Muchos que en la pobreza fueron fieles a Dios, una vez que prosperaron se olvidaron de él. Pero Job no. Él adoraba cada día al verdadero dueño de sus riquezas: Dios. Él no tenía un par de cabras y un burro tuerto; no, Job era el más rico de los orientales. Tenía doce mil quinientas cabezas de ganado, y para atenderlas había contratado a “muchísimos criados” (Job 1:3). Recorrer las tierras de Job era motivo de asombro. Conversar con él era un deleite. Tenía todas las gracias: riqueza, prestigio y carácter.

Un día Job sufrió la prueba opuesta: la de la bancarrota. En cuestión de horas, el hombre de las tres gracias sufrió todas las desgracias. Y entonces su grito expresó lo que creía: “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (vers. 21).

No fue suficiente. El diablo quería derribar a Job. Dios lo sabía, y permitió que lo atacara. Entonces el diablo tumbó la casa donde estaban reunidos sus diez hijos, y murieron aplastados. Ante esos diez cuerpos amados, Job lloró abrazado a su desfalleciente mujer, pero adoró a Dios.

Job no caía. Las raíces de su fe estaban profundamente arraigadas en Jehová. Vino el diablo de nuevo y lo atacó. Job sintió una comezón y un calor febril de la coronilla al talón. Y el hombre que se sentaba sobre alfombras de Oriente y entre cojines bordados se sentó en la ceniza de una hornilla apagada, se rascó con un tiesto, y lloró su desgracia.

Entonces su mujer se derrumbó. Esa mujer había desfallecido ante los diez cuerpos deshechos de sus hijos, y cuando volvió en sí se hundió en el abismo del porqué. Se cansó de sí misma, de la terca fe de su marido, de la indiferencia de su Dios. “Todavía mantienes firme tu integridad? ¡Maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9, NVI), gritó. Job se estremeció.

Ama a Dios ahora. Ámalo siempre.