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Fe

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Aunque él me matare, en él esperaré. Job 13:15.

Arruinado, enlutado y enfermo, Job deseó la muerte. Al oír su queja, tres de sus amigos corrieron a aplicarle la prueba que le faltaba: la crítica.

 “Estás en crisis a causa de tus pecados”.

 “Algo malo hiciste para merecer tal suerte”.

 “Mientras fuiste fiel a Dios, él te prosperó”.

 “Dios no castiga sin motivo”.

 “Los actos de Dios están sujetos a la conducta humana”, creían y gritaban los falsos amigos. Pero Dios quería enseñar a las generaciones futuras las lecciones básicas respecto al sufrimiento:

El mal no proviene de Dios.

El mal no sobreviene por voluntad de Dios.

El mal es obra del diablo. Los inocentes también sufren.

Job no sabía por qué sufría, pero tras el telón estaba el diablo, con el permiso de Jesús, probando su fe y desafiando a Dios.

Job retuvo su fe. En medio de la aflicción gritó sus convicciones: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre el polvo. Y después que hayan deshecha esta mi piel, ¡en mi carne he de ver a Dios, ¡a quien yo mismo he de ver! Lo verán mis ojos, y no los de otro” (Job 19:25-27, RV15). Y el diablo se fue derrotado. Así quedó demostrado ante el universo:

Que Dios no hace el mal, pero permite que seamos probados. Que los inocentes también sufren.

Que un hombre fiel a Dios es más poderoso que todos los demonios.

Que es posible guardar en el mundo la Ley de Dios.

Job aprendió que cuando llega el sufrimiento no hay que preguntar “por qué” ni “para qué”; hay que confiar en Dios, y si nos quejamos, quejémonos aferrados de Dios.