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Ten misericordia de mí, oh Dios, porque me devoraría el hombre. Salmo 56:1.

Cuando David supo que los filisteos lo habían reconocido, tuvo miedo de Aquis. Entonces recurrió a sus dotes histriónicas, y fingió demencia. Iba y venía destilando baba, susurrando incoherencias y rasguñando los dinteles de las puertas. Peleando con las aves de rapiña por un trozo de carne, durmiendo a merced del viento y el rocío, David se consumía; pero se aferró de la fe y cantó entre sollozos:

Ten misericordia de mí, oh Dios,

porque me devoraría el hombre;

me oprime combatiéndome cada día...

Contra mí son todos sus pensamientos para mal.

Se reúnen, se esconden,

Miran atentamente mis pasos,

como quienes acechan a mi alma.

Pésalos según su iniquidad, oh Dios,

y derriba en tu furor a los pueblos.

Mis huidas tú has contado;

pon mis lágrimas en tu redoma;

no están ellas en tu libro?

(Sal. 56:1-8).

Cuando al fin el loco fue capturado y llevado a la presencia de Aquis, los cortesanos se frotaron las manos esperando la orden de ejecución del enemigo público número uno, pero la sonrisa se tornó en mueca de descontento al oír al rey gritar: "¿Acaso me faltan locos, para que hayáis traído a éste que hiciese de loco delante de mí? ¿Había de entrar éste en mi casa?" (1 Sam. 21:15). Aquis lo había reconocido, y sabía que David fingía, pero Dios le impidió ejecutarlo. David fue echado de la corte y expulsado del país. La aventura filistea había terminado.

Dios está siempre contigo. Sus ángeles te cuidan y te defienden. Agradece su ministerio, y sé fiel a Dios y a tus convicciones.