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Amparo

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En la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos. Salmo 57:1.

David volvió a correr por la tierra de Israel, hasta que halló un lugar donde cabía mucha gente: la cueva de Adulam, palabra que significa refugio. Ahí vinieron a él cerca de cuatrocientos hombres de Gad, Judá y Benjamín, hombres endeudados, afligidos y amargados. Ignoraban que iban a ser templados en la fragua de la zozobra y golpeados en el yunque de la persecución a fin de integrar en el futuro el cuerpo de élite del reino. Cayeron en manos de un líder piadoso, y su destino no podía ser mejor. Al fin, engalanaron la historia bíblica con sus hazañas.

David tampoco entendía que esa vida a salto de mata y esas descargas de adrenalina eran los golpes con que el Herrero divino le daba forma al más grande monarca de su pueblo. Como una paloma que libera su lamento, David suplicó:

Ten misericordia de mí, oh Dios,

ten misericordia de mí;

porque en ti ha confiado mi alma,

y en la sombra de tus alas me ampararé

hasta que pasen los quebrantos (Sal. 57:1).

Tú y yo también estamos en formación. Las dificultades que Dios permite que enfrentemos sin que tengamos culpa, sin que las hayamos provocado, sin que hayamos alzado la mano o encendido la lengua contra nadie, son medios de purificación de nuestro carácter. Dios las permite para que aprendamos a desconfiar de la gente y de nosotros mismos; y para que aprendamos a confiar en él, aunque sobre nuestra cabeza se desplomen los cielos.

Dios no va a ceder, no va a sacarnos de la fragua hasta que nuestra voluntad se ablande y todo estorbo de suficiencia propia sea eliminado de nuestra vida. No va a dejar de golpearnos en el yunque de las dificultades hasta que nuestro carácter sea una obra maestra digna del cielo. Entre tanto, clamemos por su misericordia.