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Retribución

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Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gálatas 6:7.

Nadie puede burlarse de Dios, ni de su ley de retribución. David pagó su adulterio con el honor de once mujeres. Su hija Tamar fue ultrajada por su medio hermano Amnón (2 Sam. 13:10-14), y en la misma terraza donde espió a la mujer de Urías, sus diez concubinas fueron tomadas por su hijo Absalón, quien le dio golpe de estado, y con esta afrenta demostró su extrema rebeldía contra su padre (2 Sam. 16:22).

Por la muerte de Urías le quitaron cuatro hijos: el producto del adulterio murió a los siete días (2 Sam. 12:14). Amnón fue asesinado por Absalón para vengar a Tamar (2 Sam. 13:1-14, 28). Absalón fue ejecutado por su primo Joab por haberse alzado contra David (2 Sam. 18:14). Y Adonias, quien le disputó el trono a Salomón y pretendió a Abisag, la última mujer de David, fue ejecutado (1 Rey. 1:3; 2:19-25).

Otros que le servían fueron arrastrados en su caída. Ahitofel, abuelo de Betsabé y consejero del reino, para vengar a su nieta se unió al golpista Absalón (2 Sam. 15:31), lo indujo a tomar el harén de David (2 Sam. 16:22); y a eliminarlo (2 Sam. 17:1-3). Pero Absalón se tardó y David se fortaleció. Al ver su causa perdida, Ahitofel se ahorcó (vers. 23).

Amasa, sobrino de David y oficial de su ejército, se pasó al bando de Absalón y fue ejecutado por Joab (2 Sam. 20:9, 10). Joab, asesino de los capitanes de Israel, Abner y Amasa, ejecutor del crimen de Urías, y seguidor de Adonías quien le disputara el trono a su hermano Salomón (1 Rey. 2:22), fue eliminado por este a petición de David (vers. 28-34). Abiatar, último sacerdote de la familia de Elí siguió a Adonías y no a Salomón, a quien David dejó el poder, y fue echado del ministerio (1 Rey. 1:26, 27).

Cincuenta mil vidas, por lo menos, se perdieron en la guerra civil (2 Sam. 18:17, 18). Salomón, el sucesor, se acostó con mil mujeres, las que lo arrastraron a la idolatría (1 Rey. 11:1-3). Y a Roboam se le deshizo el reino por causa de su impericia y del derrumbe moral que se inició con su abuelo (1 Rey. 12:12-17).

A David le faltó grandeza para respetar a una mujer ajena, a un soldado leal ya un Dios generoso, pero se arrepintió y Dios lo perdono. Le dio poder cuando era virtuoso, y no se lo quitó cuando fue infame.

Un día Jesús entró en Jerusalén. Las multitudes lo aclamaron. Y cuando lo llamaron Hijo de David, no se ruborizó (Mat. 21:5-9).